
Mis padres son de un pueblo manchego. Mi padre a los 20 años se vino
a una ciudad de la costa mediterránea en la que creó de la nada
dos empresas que actualmente funcionan muy bien y que, sin ser multimillonarios,
nos permiten llevar un tren alto de vida.
Mi madre es mucho más joven. Cuando tenía 18 años se vino
del pueblo a estudiar y, como favor entre familias conocidas de toda la vida,
mi padre le dio un puesto de trabajo por la mañana para que pudiese
estudiar por la tarde. El caso es que mi padre, que por entonces pasaba los
40 años, es un ligón empedernido, y mi madre entonces era una
ingenua que se dejó seducir por él. Pero el tema se complicó cuando
mi madre quedó embarazada.
Los que conozcáis como funcionaban las cosas en un pequeño pueblo
manchego hace 20 años podréis imaginaros lo que se organizó:
discusiones, tensión entre las dos familias, acusaciones de golfo a
mi padre y de buscona a mi madre, y al final se acordó una boda rápida
para que el niño tuviese dos padres "normales". Todo se hizo
así, pero la historia aún daría una vuelta de tuerca,
porque a los seis meses de embarazo, dos después de la boda, mi madre
abortó, quedando además imposibilitada para tener más
hijos.
Si aquello hubiese ocurrido hoy, probablemente mis padres se hubiesen separado,
pero en aquella época en la mentalidad de mi padre y de las dos familias
(mi madre no contaba) aquello era impensable. Como mi padre quería
sobre todas las cosas un hijo que continuase la saga familiar, decidió que
iban a adoptar un niño. Entonces la adopción de un recién
nacido era casi un imposible, así que para agilizar los trámites
me adoptaron a mi con tres años.
Y ese es el origen de mi situación familiar actual: a mis 19 años,
tengo una madre de 37 años y un padre de 60, unos padres que nunca me
han querido. Mi madre, porque yo no he sido más que una carga que atender
y que le ha impedido disfrutar de su juventud, y mi padre, porque nunca he
compartido ni sus gustos ni sus aficiones. En el fondo, creo que el debe considerar
que tiene un hijo medio maricón, porque no me gusta el futbol ni la
caza, ni las partidas de cartas en el bar, y me ha tenido apartado de su vida,
tanto de su tiempo libre, como de sus empresas, para las que tiene ya decidido
como sucesor un lameculos que le da siempre la razón y no le discute
sus decisiones.
Así que de común acuerdo mis padres se plantearon mi educación
como un medio de alejarme de casa. Me llevaron a los mejores colegios masculinos
en régimen de internado y me facilitaron el acceso a todas las actividades
extraescolares que quise hacer. Como fui un estudiante brillante, y mi actividad
deportiva favorita es la natación, llegué al inicio de la universidad
con las mejores notas, un buen cuerpo de atleta, y un carácter introvertido
y muy tímido.
Como os podeis imaginar, mi vida sexual desde los 15 hasta que empecé la
facultad no fue muy productiva: lo mejor fueron algunos magreos con chicas
de mi edad en las cortas vacaciones de agosto en el pueblo de mis padres, pero
debido precisamente al poco tiempo que pasábamos allí, ninguna
relación llegó a buen puerto, ni en lo sentimental ni en lo sexual.
También tenía mi grupo de amigos normales, pero en nuestras salidas
de copas o a la playa, debido a mi timidez, no me comía una rosca.
Así llegué al primer año en la universidad. Por primera
vez iba a tener compañeras de estudios del sexo femenino y aquella podría
haber sido mi primera gran oportunidad. Pronto me integré en un grupo
de chicos y chicas, y empezamos a quedar para las típicas cenas de final
de exámenes, de antes de vacaciones, etc. Pero una vez mas tuve mala
suerte y me enamoré como un gilipollas de una chica del grupo, Concha,
que tenía un novio que pasaba de ella pero con el que nunca cortaba.
Así pasé el curso, con la falsa esperanza de que ella rompiese
su relación y saliese conmigo, desaprovechando la ocasión de
haber llegado a algo con dos de sus amigas que también eran compañeras
de clase y que me tiraban los tejos de forma descarada, pero con las que nunca
hice nada por miedo a estropear mis (inexistentes) posibilidades con Concha.
Como el nivel del primer año no era muy duro para mí, y debido
a que mi padre no me daba una asignación económica especialmente
generosa, me busqué fuentes alternativas de ingresos, haciendo el reparto
a domicilio de una carnicería importante del barrio y dando clases particulares
a niños de primaria. Estas actividades no tienen mucha importancia en
este relato, pero si la tendrán en los siguientes, como ya vereis en
su momento.
Acabó el curso, y a principios de julio se organizó una macro-cena,
a la que tenía que acudir toda la gente de la clase. Pero debido a las
fechas casi todos los chicos y chicas de nuestro grupo se habían ido
a pasar el verano ya a sus destinos habituales, por lo que me encontré en
una cena con un montón de gente que conocía de vista, pero con
la que había tenido poca o nula relación. La única noticia
positiva es que ni Concha ni sus amigas fueron tampoco, lo que me permitió por
primera vez en mucho tiempo estar relajado.
Cuando llegamos al restaurante, tuve que pasar al servicio, y cuando salí todo
el mundo se había sentado ya, por lo que me tuve que sentar en el único
sitio que había libre, una punta de la mesa. A mi lado izquierdo tenía
al gracioso de la clase, uno de esos tipos que se creen chistosos a más
no poder pero que maldita la gracia que me hacen a mi, y al otro estaba Carmen.
Carmen era una chica que no encajaba en el prototipo de alumna de nuestra clase.
Cuando todas las demás eran unas pipiolas como yo, ella superaba los
30, por lo que algunos chistosos le llamaban "la abuela". Era una
buena estudiante, que se tomaba muy en serio las asignaturas prácticas,
como la contabilidad. Como a mí también me gustaba mucho esta
asignatura, había coincidido con ella en alguna tutoría, y
habíamos intercambiado apuntes alguna vez, pero fuera de eso poco
más había hablado con ella.
Así que al sentarme, y ante la otra alternativa de conversación
que se me presentaba, recé para que fuese una chica simpática
y pudiese al menos tener una charla agradable. Antes de dirigirle la palabra,
me fijé por primera vez en ella como una mujer. Tenía una cara
dulce, redondita, con unos ojos negros grandes y expresivos, aunque un poco
tristes, una nariz más bien chata, aunque graciosa, y unos labios bonitos
que encajaban bien en unas mejillas regordetas. Su pelo era negro, cortado
a media melena, lo que acentuaba, para mi gusto demasiado, la redondez del
rostro Esa noche se había maquillado, por lo que sin tener una cara
de revista, estaba realmente guapa. Llevaba una blusa blanca, con un escote
generoso que dejaba adivinar el inicio de unos pechos que, sin ser exageradamente
grandes, resaltaban claramente bajo la blusa. Además, mirándola
de cerca, bajo la tela de la blusa se intuía un sujetador blanco, lo
que le daba un aire un poco sexy.
Nada mas sentarme, me dirigió una sonrisa y me saludó. Entendí que
a ella tampoco le ilusionaba el resto de la compañía que tenía
y que me había elegido a mí como contertulio. Así que
comenzamos a hablar, quedándonos un poco al margen del resto de la cena.
Por suerte era una chica encantadora, que se fue soltando a medida que las
copas de vino pasaban a nuestro estómago.
Me contó que estaba casada con un representante de comercio que esa
noche tenía cena de trabajo, y por eso había venido a nuestra
cena. Había empezado la carrera porque ella llevaba la administración
de la empresa comercial de la que su marido era dueño, y que tras crecer
mucho la empresa, el trabajo le venía un poco grande. No tenía
hijos, su marido pasaba casi todo el día fuera y tenía una chica
que se encargaba de las tareas domésticas, por lo que sus actividades
se centraban en estudiar y trabajar, porque su marido, como mi padre, dedicaba
los fines de semana a sí mismo (futbol y copas con los amigos), mientras
ella como mucho quedaba alguna tarde con las viejas amigas para ir al cine,
pero ya no recordaba la ultima vez que había salido una noche de copas
que no fuese Nochevieja.
Así acabó la cena, y los que dirigían el cotarro propusieron
ir a uno de los garitos de playa que estaban de moda. Nadie se opuso, y la
gente se organizó para ir. Le pregunté a Carmen:
- ¿Qué vas a hacer?
- ¿Y tu?
- Pues si tu no vas me iré a casa, porque no tengo coche y no me apetece
ir solo en taxi.
- ¿Y si te llevo en mi coche?
- Si te quedas a tomar una copa, yo tambien.
- Hecho
Así que nos fuimos a su coche, aparcamos como buenamente pudimos, y
llegamos al garito. Aquello era inmenso, muchos de los de la cena al final
no habían acudido, y los que quedaban estaban dispersos por el local
con los corros ya formados. Carmen y yo nos quedamos en un rincón. Me
preguntó qué quería tomar y me invitó a una copa,
tomando ella otra. Seguimos hablando, y la conversación, debido al alcohol,
pasó a temas más personales.
- ¿Tienes novia, Juan?
- No....
- Pues algunas chicas de la clase están coladitas por ti, que yo lo
sé.
Le conté lo que sentía por Concha, y su recomendación
fue tajante: debía olvidarme de ella y empezar a disfrutar. Le dije
que era muy tímido y que me costaba hablar con las chicas.
- Pues conmigo lo has hecho muy bien
- Es que tu eres diferente
- Claro.... soy la abuela de la clase
- No digas eso. Eres una chica encantadora. Ojalá todas las chicas fuesen
como tu.
Se calló durante un momento, y me miró con una mirada mezcla
de dulzura y picardía. Por suerte, ella no pudo ver como me ruborizaba.
- ¿Quieres decir que me encuentras atractiva, Juan?
- .... Si
- Ojalá mi marido pensase como tu
- ¿Es que no te hace caso?
- Últimamente no mucho, la verdad
- Pues entonces es que es imbécil
Se quedó callada, me volvió a mirar y me besó en la mejilla,
mientras decía:
- Gracias, guapo. Tu si eres un encanto
Al besarme pude oler la mezcla de perfume caro y sudor, pude ver por su escote,
además del principio del canalillo, un trocito de su sujetador blanco
de encaje, y sentir el roce de uno de sus pechos contra mi. Todo unido hizo
que empezase a excitarme.
Carmen también estaba nerviosa, y entonces me propuso bailar. En ese
momento, comenzó a sonar una canción mas bien lenta, y antes
de que yo le contestase se había agarrado a mi, iniciando el baile.
Ninguna chica había estado conmigo tan cariñosa como Carmen en
aquel baile. Como soy más alto que ella, apoyó su cabeza contra
mi pecho. Podía ver su cabello negro, pero más que lo que veía,
me tenía agarrotado lo que sentía. Carmen me había rodeado
con sus brazos, apoyando las manos en mi espalda. Sus tetas estaban apretadas
contra mi cuerpo, y notaba contra mi carne su tacto a la vez blando y firme.
Estaba tan pegada a mi que restregaba descaradamente mi paquete contra su cuerpo.
En aquel momento yo ya tenía la polla a punto de estallar, pero como
a ella parecía no importarle puse una de mis manos en su cadera, y la
otra la fui deslizando hasta su culo, abundante pero firme, cubierto por un
pantalón negro amplio.
El baile seguía, y ella también empezó a tocarme el culo.
Yo ya comencé a jugar descaradamente con el suyo, dibujando con mis
dedos el elástico de sus bragas por encima de la tela del pantalón.
Entonces separó la cabeza de mi cuerpo, y me miró con ojos de
deseo, entreabriendo los labios y enseñándome la punta de la
lengua. Ante esa invitación, la besé, rozando apenas sus labios
con los mios, a lo que ella respondió metiendo su lengua en mi boca.
Comenzó entonces un morreo en el que ambos nos magreamos el culo a conciencia,
y como yo ya estaba lanzado, metí una mano por debajo de su blusa, acariciando
primero su espalda, para llevarla después a una de sus tetas, que acaricié por
encima del sujetador.
En ese momento Carmen se debió dar cuenta de donde estábamos,
se separó de mi, y arreglándose la ropa me dijo:
- Vamos al coche
- Si
Salimos del local, y por la calle, camino del coche, la abracé por la
cintura. Ella se apretó contra mi, y metió una mano en mi bolsillo
del pantalón, así que yo le volví a acariciar el culo
otra vez.
Llegamos al coche. Los cristales estaban cubiertos de vaho, porque estabamos
en la orilla del mar y había empezado a refrescar, por lo que era
imposible desde fuera ver lo que ocurría dentro. Abrió la puerta
y entramos. Sin decir nada, comenzamos a besarnos y acariciarnos sobre la
ropa. Yo estaba a 100, y le desabroché la blusa. Ella me quitó la
camiseta y me empezó a besar el torso. La dejé hacer, mientras
con una mano le acariciaba la parte interior del muslo y el coño por
encima del pantalón.
Carmen se apartó, y se quitó el sujetador. Mirándome fijamente,
me dijo:
- ¿Te gustan?
- Mucho
- Demuéstramelo.....
Ante ese ofrecimiento dediqué a esas tetas el tratamiento que se merecían.
Primero con la mano, mientras la besaba en la boca, notando como sus pezones
crecían al deslizarse entre mis dedos. Después con la boca, jugando
con los labios y la lengua, notando como Carmen se estremecía cada vez
que la punta de mi lengua acariciaba la punta de sus pezones.
Mientras tanto, mis manos le habían desabrochado el pantalón,
y se habían metido por debajo de sus bragas notando los primero pelos
de su conejito, y bajando uno de mis dedos hasta una raja húmeda de
flujos después.
Entonces, Carmen se retiró de repente. Al mirarla, pude ver por primera
vez en toda la noche una cara seria de preocupación, y comenzó a
abrocharse toda la ropa.
- No puede ser, Juan, esto es una locura
- ¿Por qué?
- Porque yo estoy casada, y tu eres 16 años mas joven que yo, casi un
niño.
Me quedé callado un momento, pero estaba demasiado caliente para renunciar
a mi trofeo tan fácilmente. Le dije algo que en otra situación
se me hubiese quedado en la garganta.
- Olvidate de eso, Carmen. Puedo darte lo que tu marido no te da. Solo somos
un hombre y una mujer que se desean.
- No, Juan. Olvida lo que acaba de pasar, por favor.
- No quiero olvidarlo, quiero terminarlo
- He dicho que no. No eres mas que un crío y yo me he portado como una
inconsciente. Eres muy simpático, y me gustaría que el próximo
curso pudiésemos seguir charlando como dos buenos amigos, sin que se
me caiga la cara de vergüenza al mirarte.
Me quedé sin palabras. Me estaba tratando como un niño, y mi
inseguridad con las mujeres volvió a aflorar. Me preguntó mi
dirección y se la dije. En todo el trayecto estuvimos en silencio, y
al llegar a casa, sin mirarme siquiera, se despidió de mi hasta el incio
del siguiente curso. Yo la miré y me pareció ver que estaba llorando,
pero me sentía incapaz de decirle nada. Me bajé del coche y subí a
casa.
Entre el calentón que llevaba encima, y la mezcla de cabreo y estupor por lo que había pasado no tenía nada de sueño. Me dí una ducha larga y fría que me tranquilizó y disminuyó el efecto del alcohol que había tomado, pero al salir seguía sin tener sueño. Me tumbé en la cama desnudo y como no podía dormirme y no dejaba de pensar en Carmen encendí la tele que tengo en mi habitación. Hice zapping y en uno de esos canales locales que por el día engañan a la gente con números 806 estaban haciendo una peli porno y anunciando líneas calientes. Me quedé viendo la película, que trataba justamente de un chico joven que se follaba a una vecina mayor que el. Eso me volvió a excitar y para calmarme me hice una paja monumental a la salud de Carmen. Al acabar conseguí dormirme por fin.
La semana siguiente fue monótona a más no poder. Mis amigos estaban
fuera de vacaciones, no tenía clases particulares que dar, y el reparto
de la carnicería lo acababa en poco más de una hora, porque el
barrio estaba despoblado y sólo atendía algunos bares. Me pasaba
el día leyendo, oyendo música y viendo la tele, y haciendo alguna
que otra salida a la playa solo a tomar el sol. La única novedad fue
la visita de mi tío, el hermano de mi padre, con la mujer con la que
se acababa de "juntar". Pero como ese es el
principio de otra historia, no me extiendo en más detalles.
El caso es que una semana después de la famosa cena, a la hora de la
siesta, sonó mi movil. El número que me llamaba no lo tenía
en memoria.
- ¿Si?
- Hola, Juan ¿cómo estas?
Era Carmen. La reconocí sin necesidad de presentarse. Recordé que
durante la cena habíamos intercambiado los números. Yo rompí el
suyo al día siguiente cuando lo vi, pero por lo visto ella no. Decidí mostrarme
frío. ¿No quería que olvidase? Pues me iba a comportar
como si nada hubiese ocurrido.
- Bien, pasando el verano lo mejor posible ¿y tu?
- Lo mismo ....
- Bueno, tu dirás
- Quería saber si el mayor experto de la clase en contabilidad me echaría
un cable con unas operaciones de leasing que me están dando problemas
para contabilizar
- Tengo todo el tiempo del mundo. Así que si quieres quedamos dentro
de un rato.
- Mejor mañana por la mañana. Mi marido se va de viaje todo el
día y la chica libra. Así podemos quedar en casa y estar más
tranquilos.
- Tengo reparto, pero creo que a las 11 habré terminado. Podemos quedar
sobre las 12.
- Vale, pero por si no nos da tiempo por la mañana y seguimos por la
tarde, te invito a comer. Es lo menos que puedo hacer para compensarte las
molestias.
- O.K. . Dame tu dirección y a las 12 estoy allí
Colgué el teléfono hecho un lío. Ninguno de los dos había
hablado de lo que había ocurrido. Yo, porque estaba enfadado y estaba
decidido a no hacerlo pero ¿y ella?. Era tan buena como yo en contabilidad,
y a pesar de eso me había pedido ayuda. Además, lo había
organizado para que fuese en su casa en un día en que nadie nos molestase. ¿Lo
tenía tan superado que no le importaba quedarse a solas conmigo porque
me veía como un compañero de clase nada más, quería
aprovechar el momento a solas para hablar con tranquilidad, o tenía
otros planes?
Decidí no pensar en ello y esperar a que llegase el momento. Durante
el resto de la tarde medité sobre cómo me iba a comportar cuando
la viese. Decidí seguir marcando distancias, y comportarme como si nada
hubiese ocurrido, incluso cuando estuviésemos los dos solos. No sería
yo el que sacase el tema, y si era preciso pensaba mostrarme irónico
y cortante.
Así que al día siguiente dije en casa que había quedado
a comer con uno de clase y a las 12 menos cinco estaba llamando a la puerta
de su casa. Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad, y se notaba que
era una finca antigua con solera, aunque bien restaurada y muy elegante. Por
suerte el portero estaba de vacaciones y me abrió Carmen desde arriba,
por lo que no tuve que dar explicaciones de a dónde iba.
Cuando me abrió la puerta, casi me caigo de culo. No me recibió en
camisón, como pasa en alguno de estos relatos, pero lo que llevaba era
casi más provocativo. Iba de rojo, un rojo intenso. La blusa era de
seda semitransparente. Manga larga y sin botones, la llevaba anudada enseñando
el ombligo y con un escote de los que quitan el hipo. Por la cantidad de pecho
que enseñaba y lo que se movían las tetas estaba seguro de que
no llevaba sujetador. La minifalda era elástica y muy corta. Le dibujaba
perfectamente las caderas y le permitía enseñar unas piernas
bien torneadas cubiertas con unas medias también rojas. Recordé que
Carmen me había comentado que iba al gimnasio, y pensé lo bien
que le sentaba el ejercicio. A pesar de ser ancha de caderas y de muslos, no
tenía ni un solo centímetro de carne flácida (yo ya lo
había sentido al magrearle el culo), la cintura era estrecha, lo que
resaltaba más la curva de la cadera, y el vientre plano resaltaba un
pecho que sin ser exagerado, tenía un tamaño de los de llamar
la atención, como yo ya había disfrutado. Además, se había
maquillado como la noche de la cena, menos los labios que ahora llevaba pintados,
como no, de un rojo intenso.
Me saludó, me dio dos besos y me hizo pasar. Ahora estaba seguro de
que no llevaba sujetador, y al seguirla la vi contonearse moviendo el culo
como nunca antes la había visto. Además, la falda era muy ajustada
y no se notaba ni una raya. ¿Tampoco llevaba bragas? ¿Qué es
lo que intentaba? Decidí tomar yo la iniciativa para que no jugase conmigo.
Si quería alguna cosa, tendría que plantearla abiertamente. Tras
sacar dos cervezas nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro. En
la mesa del salón nos esperaban un montón de carpetas cerradas.
- Bueno, Carmen ¿dónde están esos contratos de leasing
que crean problemas a la segunda mejor experta en contabilidad de la clase?
- Directo al grano. No pierdes el tiempo.
- Para eso hemos quedado ¿no?
- Bueno, los amigos también hablan de cosas más personales....
- Poco te puedo contar de esta última semana. Como no me cuentes algo
interesante tu...
- He pensado mucho en ti durante esta semana....
- ¿En mi...?
- Si. En lo que ocurrió después de la cena.
- Puedes estar tranquila. Por mi parte está olvidado y como si no hubiese
pasado nada. Nadie va a saber por mí lo que ocurrió.
- Te creo. Pero cuando estés solo ¿también lo vas a olvidar?
- Si frente a los demás y contigo me comporto normalmente, lo que piense
en privado es un problema exclusivamente mío ¿no crees?
- Entendido. Me estas diciendo que aunque ahora estuviese desnuda a tu lado
has decidido que eso no te impida explicarme la contabilización de los
leasings.
- No estás desnuda, y aunque vayas vestida muy sexy, no me enseñas
más de lo que ya he visto y tocado.
- Gracias por el cumplido......
Me había ganado la primera batalla. Había tratado de hacerme
el duro, pero al final me había hecho decirle que estaba muy sexy antes
de que ella dejase claras sus intenciones. Así que decidí soltarle
la parrafada que llevaba preparada casi de memoria y que la obligaría
a decirme a qué estaba jugando.
- Mira Carmen, yo también he pensado mucho en lo que pasó. Me
pediste que olvidase ¿no?, y eso es lo que he hecho. No lo he comentado
con nadie. En privado, ya te lo he dicho, el problema es mío. Al fin
y al cabo, si me tengo que hacer una paja es más lógico que lo
haga pensando en unas tetas que he besado y en un coño húmedo
que he acariciado que en las tías de una peli porno o de una revista.
Pero tranquila, que esta será la última vez que te lo diga. Mi
mayor problema, el único, es que no sé que hacer cuando estoy
contigo. Hoy he venido a hablar de contabilidad y a no sacar el tema, pero
tú sí lo has hecho, y aún no me has dicho lo que piensas
ni lo que quieres.
- Yo también me he masturbado pensando en ti.
Carmen seguía jugando conmigo. En lugar de contestarme directamente,
se seguía metiendo en terrenos cada vez más incómodos
para mí sin aclararme nada. Empecé a cabrearme y utilicé la
ironía como defensa.
- Vaya, así que te corres recordando como te chupan las tetas y te soban
el coño. Eres facil de contentar.
- Te pones muy sexy cuando te enfadas....
- No estoy enfadado. Solo marco el terreno, ya que tu no lo haces.
- .... Vale, cuando me he masturbado pensaba que me hacías otras cosas
- Estupendo.... Consuela saber que no soy un bicho raro por imaginar que te
echo un polvo. Pero eso no cambia nada. En tu coche dejamos una cosa a medias,
una cosa que según tu tengo que olvidar, pero que no paras de recordarme.
- ¿Y te gustaría acabar lo que empezaste?
Seguía contestando mi pregunta con otra pregunta. No me resultaba fácil
enfadarme mirando a los ojos a Carmen, asi que las últimas frases las
había dicho sin mirarla. Tomé fuerzas para decirle a la cara
que dejase de jugar conmigo, pero cuando la miré me quedé sin
habla. Tenía la misma mirada que en el garito de playa, mezcla de inocencia
y provocación. Así su última pregunta cambiaba totalmente
de sentido: no estaba jugando conmigo, me estaba invitando a continuar.
Me quedé callado. Le sonreí, pero sin contestarle. Ella me sonrió también,
y tras unos segundos eternos, se llevó sin decir nada las manos al nudo
de su blusa y lo deshizo. Se quedó asi, con la blusa abierta enseñándome
unos pechos que, efectivamente no llevaban sujetador, y sin dejar de mirarme
a los ojos.
Me levanté del sofá y me coloqué detrás de ella.
Carmen me miraba, sin saber lo que iba a hacer. Coloqué mis manos en
su cuello, y las deslicé hasta los hombros, haciendo que la blusa los
dejase al descubierto. Ahora podía ver sus pechos desde arriba. Le empecé a
dar un masaje pasando de los hombros al cuello y volviendo a los hombros otra
vez. Carmen se relajó, echó la cabeza hacia atrás, cerró los
ojos y se dejó hacer. Mi masaje se desplazó hacia delante, primero
hasta el inicio de sus pechos y luego dedicándome a ellos en exclusiva.
Eran unos pechos firmes para su tamaño, con unos pezones grandes que
yo hacía deslizar entre mis dedos, notando como crecían por la
excitación, y los comencé a pellizcar suavemente con el pulgar
y el indice.
Carmen ahora gemía de gusto, y aproveché que seguía con
la cabeza hacia atrás para inclinarme sobre ella y besarla en la boca.
Me dio su lengua, y yo a ella la mía, mientras mis manos, después
de jugar un rato con sus tetas, le acariciaron el vientre y el ombligo primero,
las caderas después, y por último los muslos por encima de la
falda.
Di la vuelta al sofá y me puse frente a ella. Me arrodillé en
el suelo, quedando con la boca a la altura de sus tetas, y las besé y
chupé durante un buen rato. Carmen gemía cada vez mas, y abrazaba
mi cuerpo con sus piernas. Bajé con mi lengua hasta el ombligo, que
acaricié con la punta, y bajando cada vez mas llegué hasta la
cintura de su falda.
Entonces me dediqué a sus piernas, comenzando por las rodillas. Las
besé por encima de sus medias rojas, separé aun mas sus piernas
y fui subiendo con mis besos por el muslo, al tiempo que le iba subiendo la
minifalda. Pasé con mis besos por encima de la banda de silicona que
sujetaba sus medias, y dejé convertida su minifalda elastica en un cinturón
ancho alrededor de sus caderas. Efectivamente, no llevaba bragas, y con las
piernas abiertas me estaba enseñando su conejito. Lo llevaba depilado,
excepto un pequeño cuadrado de pelo en la parte superior.
Yo nunca había había comido un coño, así que me
dejé guiar por el instinto y por lo que había leído en
revistas y visto en pelis porno. No lo debí hacer mal, porque Carmen
gemía cada vez mas, y con frases entrecortadas me animaba a seguir.
La humedad del coño cuando empecé se había transformado
en un manantial de flujos, y con solo unos toques con mi lengua en el clítoris,
Carmen empezó a tener convulsiones, apretó su cabeza con sus
manos y emitió un grito largo y apagado. Se había corrido. Sabía
que había chicas que se corrían fácilmente y me excitó saber
que Carmen era una de ellas. Me bebí sus flujos, y entonces me dijo:
- Ahora me toca a mi....
Nos levantamos. Ella se quitó la blusa mientras me besaba, luego los
zapatos, y por último se bajó la falda, quedándose solo
con las medias. Siguió besándome, me quitó la camiseta,
y jugó con su lengua en mis pezones, hasta ponerlos erectos. Se fue
agachando besando mi cuerpo, hasta el pantalón. Desabrochó el
botón, bajó la cremallera y me lo quitó. Yo me quité los
náuticos, así que me quedé solo con un boxer negro elástico,
con el paquete a punto de reventar a la altura de su cara. Me empezó a
bajar el boxer, y mi verga, dura como el hierro, casi la golpea en la cara.
- Que larga y dura la tienes, cariño. Te la voy a comer entera.
- Es toda tuya, pero prefiero un 69. Asi te daré gusto también
a ti
- Túmbate en el sofá
Me tumbé, y mi verga quedó tiesa mirando al techo. Sabía
que los 21 cm. eran un tamaño bastante digno, y después me han
dicho que además es más gorda que la mayoría. Carmen se
tumbó sobre mi, agarrándola con las manos y besando el capullo,
mientras su coñito quedaba a la altura de mi boca.
De repente noté como se la metía hasta donde podía en
la boca, y la chupaba como si fuese una piruleta. Noté un placer inmenso,
pero no me quería correr aún, y me concentre en lo que ella me
ofrecía. Volví a chuparle el coño a conciencia, y con
un dedo mojado en saliva y en sus jugos, empecé a dilatar la entrada
de su culo. Los dos seguimos chupando, gimiendo por el placer que cada uno
nos dábamos al otro. Carmen la chupaba con glotonería, como si
fuese una golosina que llevase tiempo sin probar. Le dije que estaba a punto
de correrme y entonces paró y me dijo que quería mi leche en
su coño.
Nos levantamos y me llevó de la mano a su habitación. Quitó la
colcha, me abrazó, me dio un beso largo mientras se restregaba contra
mí. Se separó y me dio un empujón que me tiró sobre
la cama boca arriba.
- ¡¡Que ganas tenía de tener para mi una polla como esta!!
- Aquí la tienes, deseando entrar en tu coño
- Voy a follarte. Voy a follarte como nunca lo han hecho, como una autentica
puta.
Estaba caliente a más no poder. Carmen era muy educada y no decía
nunca tacos, pero yo había despertado su lado salvaje. Se subió a
la cama, se metió la polla entera en el coño, y empezó a
cabalgarme, follandome como acababa de decir.
La dejé hacer. Estaba como loca. Pasaba de moverse casi a cámara
lenta a galopar como una amazona. Los ojos cerrados, la boca abierta sin parar
de gemir, de jadear, de gritar, el pelo y las tetas moviéndose al ritmo
de su cabalgada. Me estaba follando de verdad, porque era ella la que decidía
qué hacer en cada instante. Cerré los ojos, puse mis manos en
sus tetas, y me concentré en alargar ese momento de placer inmenso sin
correrme. Nunca antes la había metido en un coño, y los que lo
hayais hecho sabréis que es algo que no se puede describir. Notaba el
calor de su carne apretando mi verga como si quisiese exprimirla, los toques
del capullo contra sus paredes con cada embestida, y los flujos cayendo en
mis huevos y mis muslos.
Le dije a Carmen que me iba a correr. Jadeando y de forma entrecortada me dijo
que lo hiciese, que quería mi leche, que ella ya se había corrido
dos veces. Y me corrí. Me corrí como nunca antes lo había
hecho, con un placer mil veces superior al de cualquier paja o mamada. Carmen
se quedó quieta, se agitó un poco, y dando un grito se dejó caer
sobre mi sin fuerzas. Había tenido otro orgasmo a la vez que yo.
Nos quedamos los dos quietos sobre la cama, ella encima de mi, recuperando
la respiración. Mi verga había quedado flácida después
del polvo y Carmen parecía no tener ni un gramo de fuerzas, por lo
que estuvimos mucho rato así, abrazados el uno al otro, sin decir
nada, dedicándonos suaves caricias en nuestros cuerpos entrelazados.
Mi primera experiencia sexual completa había sido deliciosa, pero en
ese momento no me imaginaba lo que aún me esperaba en ese día.
Hasta entonces, Carmen había llevado la iniciativa. Ella me había
seducido en el pub, había cortado la situación cuando había
querido, me había hecho ir a su casa, me había vuelto a seducir
otra vez, y me había follado a su antojo en ese primer polvo, siendo
yo solamente el dueño del cuerpo que ella deseaba para darle placer.
Pero esta situación, sin yo saberlo iba a cambiar en unos instantes,
porque Carmen tenía otros gustos sexuales que yo desconocía.
Después de más de media hora de estar tumbados en la cama acariciándonos
y besándonos cariñosamente, empezó a hablar otra vez.
- Ha sido una pasada, Juan. Hacía mucho tiempo que no me corría
tantas veces.
- Yo nunca había hecho el amor a una chica. Eres increíble, Carmen.
- Me gustaría que en la siguiente ocasión llevases tu la iniciativa.
Me gustan los hombres dominantes, que me hagan las cosas malas que se les ocurran.
Me quedé callado un momento. Eso era nuevo para mí. Había
leído que algunas chicas encuentran más placer siendo dominadas,
pero no me imaginaba que Carmen fuese una de ellas. Como su invitación
había sido muy tímida, seguí hablando como si nada.
- La siguiente ocasión puede ser ahora mismo. Solamente con pensar en
volverlo a hacer ésta ha comenzado a reaccionar.
- Es verdad que está volviendo a crecer. ¿Y que vas a hacerle
a esta chica mala?
Me quedé de piedra, no por lo que había dicho, sino por cómo
lo había dicho. Estaba sentada en la cama, con la cabeza agachada, y
su voz era suave y sumisa. Parecía de verdad una chica que se hubiese
portado mal y esperase un castigo. Solo con escucharla mi polla había
recuperado casi la máxima erección. Tenía que responderle,
pero no sabía qué. No me imaginaba a mí mismo atándola
ni causándole dolor, así que pensé en una postura de sumisión.
- Te vas a poner a cuatro patas, como una perra, y voy a follarte el culo hasta
cansarme.
- ¡¡¡No, el culo no!!! Por ahí soy virgen, y con esa
tranca que tienes me puedes destrozar.
Eso es lo que salió de su boca, pero sus ojos me decían otra
cosa. Me estaba mirando con cara de niña traviesa, los ojos iluminados
con la ilusión de quien espera un nuevo juguete. Me había propuesto
un juego y le gustaba ver que yo había empezado a jugar, así que
ya no dí marcha atrás.
- Carmen, te has aprovechado de un niño inocente, y eso está muy
mal. Mereces un castigo y vas a ofrecerme ese culo que dudo que sea virgen.
- ¡¡¡¡Juaaaaaaaaaaan nooooooooooo!!!! Te prometo que
nunca me la han metido por ahí. Pideme otra cosa, por favor.
- ¿Dónde tienes vaselina?
- .....
- ¿DÓNDE TIENES VASELINA?
- ¡¡¡¡Nooooooo!!!! Te haré lo que quieras, lo
que me pidas, seré la mujer más golfa con la que nunca vas a
estar. Pero el culo no, el culo no.... ¡¡¡¡por favor!!!!
- Mira zorra, tienes dos opciones: o me dices donde está la vaselina
o te la meto así, a pelo, y te aseguro que te va a doler.....
- Está en el armario del baño, en el primer estante de la puerta
de la izquierda.
- Cuando vuelva quiero que estés sobre la cama, como una perra en celo
y el culo en pompa para mí.
Lo había conseguido. A pesar de sus protestas, su cara no dejaba dudas
sobre la excitación que le producía la idea de que la follase
por detrás. Ahora tenía un macho que la dominaba como a ella
le gustaba. Fui al baño, cogí la vaselina, y cuando volvi estaba
preparada, como le había dicho, moviendo su culito con movimientos provocadores.
- No me hagas mucho daaaaaaaño. A partir de ahora prometo ser mucho
mas buena.
- No me provoques, guarra. Vas a recibir lo que te mereces.
Me acercé y le dí una buena palmada en el culo. Carmen protestó un
poco, pegó la cara al colchón y con las rodillas dobladas dejó solamente
el culo levantado a mi disposición. La cogí por las caderas,
y empecé a besarle y morderle en las nalgas. Las separé, y pude
ver su ano, el objeto de mis deseos. Le besé alrededor, y le dí suaves
toques con la lengua, como había visto en alguna película. Cuando
estaba lleno de saliva, lo acaricié con mi dedo índice, y lentamente
le introduje la punta. Carmen gimió y se estremeció, pero no
dejó de mover provocativamente su culito.
Destapé el tarro de la vaselina, y puse un poco en su ano, extendiéndolo
con el dedo. Volví a meterlo, y abriendome camino poco a poco lo introduje
del todo. Debía ser virgen de verdad, porque a pesar de la vaselina
me costaba mucho avanzar y las paredes me aprisionaban el dedo con fuerza.
Pensé en cómo iba a conseguir meter mi verga en algo tan pequeño,
pero ya no había marcha atrás
Saqué el dedo y le puse más vaselina. Volví a meter la
punta del dedo, pero antes de introducirlo, metí un segundo dedo. Carmen
se quejó un momento y dejé de empujar. Cuando se calló,
como seguía moviéndose, fui poco a poco metiendo los dos dedos
a la vez. Carmen alternaba los quejidos de dolor con, por primera vez, gemidos
de placer, hasta que tuve los dos dedos dentro. Comencé a moverlos dentro,
con ligeros movimientos de entrada y salida. Su ano estaba más dilatado,
y cada vez los dedos se movían mejor. Carmen ya no se quejaba, y solo
gemía de gusto cuando metía y sacaba mis dedos.
Repetí la operación con un tercer dedo, y Carmen empezó a
animarme a seguir, diciendo que le gustaba mucho. Consideré que había
llegado el momento. Embadurné toda mi polla con vaselina y puse el capullo
en su ano, que con el trabajo de mis dedos estaba mucho más dilatado.
Empecé a empujar.
Me costó mucho que entrara la punta. Carmen lanzó un grito que
no sabía si era de placer o de dolor. Seguí empujando con pequeños
movimientos, consiguiendo que cada vez entrase un poquito más. Cada
uno de mis empujones se acompañaba por un grito sordo de Carmen, que
había apoyado la cara contra el colchón y tenía el cuerpo
arqueado y tenso y las manos agarrando la sábana con fuerza.
Cuando le había metido la mitad, dejé de empujar. Carmen se relajó y
empezó a mover el culo otra vez, con gemidos que ahora sí eran
de gusto. Yo me dediqué a disfrutar un momento con el contacto de las
paredes de su culo contra mi polla, y empecé a empujar de nuevo. El
grito fue desgarrador:
- ¡¡¡¡No, por favor!!! ¡¡¡¡No
sigas que me destrozas!!!! ¡¡¡¡SACAMELA!!!!
Estaba llorando de dolor. Me dio pena y se la saqué. Pero yo la tenía
dura como el acero y necesitaba correrme otra vez, así que inmediatamente
se la metí de golpe y hasta el fondo en su coño, que estaba húmedo
y lubricado con los caldos que había soltado mientras le follaba el
culo. Carmen volvió a gritar y a tensar su cuerpo, pero inmediatamente
lanzó un gemido de inmenso placer. Por primera vez me dí cuenta
que en mi posición yo estaba frente al espejo de la habitación.
Me veía reflejado con mis rodillas apoyadas en la cama y el cuerpo recto,
mientras que podía ver el pelo de Carmen, que seguía con la cara
apoyada contra el colchón, y su espalda ascendiendo hasta el culo en
pompa.
Le dije que se pusiese a cuatro patas. Quería verla en el espejo mientras
le follaba el coño. Carmen me obedeció sin decir nada. Comencé a
meterla y sacarla lentamente, y Carmen también empezó a moverse.
Se notaba que esto le gustaba mucho más. Le vi la cara, con los ojos
cerrados y la lengua relamiéndose los labios de gusto. El pelo le caía
desordenado por la cara, siguiendo el ritmo de mis movimientos. Pero lo que
más me excitó fueron sus tetas. Caían por su peso y parecían
más grandes que cuando estaba de pié. Se movían siguiendo
un movimiento anárquico, distinto del ritmo de la follada, como dos
cencerros al cuello de un caballo desbocado.
Carmen parecía haberse olvidado del dolor anterior y estaba disfrutando
de lo lindo. Gemía cada vez con más fuerza, y en tres ocasiones
se tensó y gritó, pero esta vez de gusto. Ahora sabía
eso significaba que se estaba corriendo. Yo estaba sintiendo cada vez un placer
mayor y me dejé ir.
Cuando ya no podía más, se la clavé hasta el fondo, dejé de moverme y me corrí por segunda vez dentro de su coño.
Nos volvimos a derrumbar los dos sobre la cama y estuvimos un rato en silencio.
Yo no sabía cómo iba a reaccionar Carmen, pero le había
cogido el gusto a llevar la iniciativa y no pensaba ceder ese papel. Solamente
decidí que a partir de entonces las órdenes que le diese no
supondrían dolor para ella. De repente me volvió a hablar:
- Me has hecho mucho daño. Me has partido el culo en dos.
- ¿No querías un castigo? Pues ahí lo tienes. Además,
te he compensado bien ¿no, golfa? Seguro que hacía tiempo que
no te echaban un polvo así.
- Si, cariño, me has dado mucho gusto.
- Bien, pues ahora nos toca recuperar fuerzas. Porque supongo que seguirá en
pie la invitación a comer, y espero que me trates como merezco.
- Vamos a la cocina
Había preparado una comida deliciosa. Una ensaladilla rusa y una carne
con salsa que solo tuvo que calentar en el microondas. Comimos en la mesa de
la cocina, yo completamente desnudo y ella solo con las medias rojas que no
se había quitado en toda la mañana. Me sirvió la comida
como si de verdad fuese su amo, interesándose en todo momento por mis
preferencias. Por lo visto, ella también quería seguir adoptando
un papel de sumisa, y para dirigirse a mi me llamaba cariño, cielo,
guapo, amor, príncipe, rey.... Siempre dejando claro que seguía
esperando mis órdenes.
Al llegar a los postres, me dijo que no tenía nada preparado. De repente
tuve una idea.
- ¿Tienes nata en spray o caramelo líquido?
- Las dos cosas, mi amor
- Pues tu vas a ser mi postre. Quita la mesa, saca la nata y el caramelo, y
túmbate en la mesa.
Así lo hizo, y yo comencé a decorar mi pastel. Cubrí de
nata sus labios, sus pezones y su coño, y diburé un hilo de caramelo
líquido desde el cuello hasta el ombligo y a lo largo de las piernas.
Me comí el postre que me había preparado. Empecé por las
piernas, chupando el hilo de caramelo que había dibujado, pasando de
una a otra hasta llegar a sus muslos. Después me comí la nata
de su boca, dándole un beso profundo con lengua, al que ella respondió.
Bajé a su cuello, chupando el caramelo que se perdía por el canalillo
de sus tetas, y en ellas me paré para comerme la nata de los pezones,
que chupé hasta dejar duros apuntando hacia el techo, mientras Carmen
comenzó a gemir y a moverse.
Continué siguiendo el hilo del caramelo por su vientre, y me bebí el
que se había quedado en su ombligo. Ahora solo me quedaba el coño,
cubierto de nata, y a él me dediqué, saboreando cada porción
que retiraba con mi lengua, hasta dejarlo a la vista. Sus caldos se habían
mezclado con los últimos restos de nata, y le limpié a conciencia
hasta conseguir que se volviese a correr una vez más.
Le dije que ahora era su turno. Se quitó de la mesa y me preguntó sumisa
mi me quería tumbar. Lo hice, y ella recubrió mis pezones con
nata y dibujó una línea hasta mi polla, que seguía flácida
porque no se había recuperado de los dos polvos anteriores.
Comenzó a degustar su obra culinaria, chupando lo que había cubierto
con la nata. El problema es que mi verga no reaccionaba, y pese a que le dedicó una
buena mamada después de dejarla al descubierto de nata, no consiguió ni
ponerla dura ni que me corriera, aunque sus atenciones me produjeron bastante
placer, sobre todo por el morbo que tenía la situación.
Me propuso ir a ducharnos y después una siesta para descansar. Aunque
nos duchamos juntos, no ocurrió nada más, porque mi polla seguía
en estado catatónico. Y así, después de secarnos, nos
tumbamos en la cama, completamente desnudos y abrazados el uno al otro.
Carmen se quedó dormida abrazada a mí, y yo no tardé mucho
en hacer lo mismo acariciándole. Nos despertó el teléfono.
Mientras Carmen lo cogía, ví que habíamos dormido dos
horas, y eran casi las 6.
Era el marido de Carmen. Por la conversación deduje que acababa de terminar
y que iniciaba su viaje de vuelta, así que aún le quedaban tres
horas para llegar a casa. Eso me tranquilizó, porque no había
peligro de que nos pillase. Carmen se despidió de él, quedando
para la cena y sugiriendo que después de la cena habría más
cosas. Decidí retomar el papel de macho dominante y le pregunté:
- ¿A que cosas te referías? ¿Qué le tienes preparado
para después de la cena?
- Estaba muy cariñoso y con ganas de guerra. Solo le he dicho que podría
tener algo si quería....
- ¿Y a ti aun te quedan ganas?
- No muchas, de verdad. Pero mi marido no exige mucho. El arriba, yo abajo,
me mete su rabito, se mueve un poco, se corre y ya está. A veces ni
me entero.
- Vaya con la golfa. Así que hoy va a probar dos rabos. Pues te voy
a quitar las ganas de disfrutar con el segundo. ¿Esto es lo que harás
luego?
- ¿Qué haces....?
La había obligado a tumbarse. Le había separado las piernas y
apoyé las rodillas entre sus muslos. Le sujeté sus manos con
las mías y extendiéndole los brazos me incliné para besarle
en la boca. La tenía debajo de mí, indefensa, a merced de lo
que quisiera hacerle.
Carmen respondió a mi beso, y aproveché para restregar mi polla,
que estaba poniéndose dura otra vez, contra su coño. Así estuve
un rato, hasta notar que su coño empezaba a soltar jugos otra vez, y
que ella levantaba el culo buscando también el contacto de mi miembro.
Le había vuelto a calentar, y pedía guerra otra vez.
Dejé de besarle, y coloqué el capullo en la entrada de su conejito.
Empujé un poco y se lo metí. Carmen gimió y me pidió más.
Estaba susy y perfectamente lubricada, así que no me costó metérsela
entera. Me quedé quieto un momento, con la verga clavada hasta los huevos,
y me dediqué a chuparle y morderle las tetas.
Carmen rodeó mi cuerpo con sus piernas, poniendo los pies en mis riñones,
y comenzó a moverse, pidiéndome que le diese más. Comencé una
maniobra de mete-saca cada vez más rapida. Le solté las manos
para apoyarme mejor en el colchón, y ella puso sus manos en mi espalda.
Gemía de gusto, animándome a seguir, manteniéndome pegado
a ella con sus piernas y brazos. Tras un rato de seguir así, se le escapó un
grito, echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, apretó sus
pies contra mis riñones obligándome a clavarla hasta el fondo,
y noté la fuerza de sus uñas deslizándose por mi espalda.
Yo también me corrí en ese momento, jadeando, notando como mi
leche se extendía por su interior. Una vez mas nos volvimos a quedar
los dos sobre la cama abrazados.
- A ver si ahora te sigue apeteciendo que te folle tu maridito....
- Tengo el coño escocido de follar. No se que le voy a decir....
- Inventate lo que sea. Pero antes cambia las sabanas y duchate tu, porque
estamos los dos pringados de caldo y leche.
- Dejame que te limpie a ti....
Se separó de mí y me hizo poner boca arriba. Metió mi
polla flácida en su boca, y la chupó hasta limpiármela.
Después hizo lo mismo con los huevos, y cuando acabó me lamió los
muslos con la lengua. Si no fuese por el sudor, no hubiese necesitado ducharme,
porque me había dejado completamente limpio.
Aunque ya me había corrido tres veces desde que llegué, y me
dolían los huevos y la polla, Carmen chupaba tan bien que mi polla volvió a
reaccionar.
Estaba morcillona, porque no tenía fuerzas para más, y me dolía mucho mientras aumentaba de tamaño, pero a Carmen pareció gustarle y siguió chupandola primero y a restregarme sus tetas después.
- No sigas, Carmen. Me duele.
- ¿No te da gusto? Se te está poniendo dura.
- Es una mezcla de dolor y placer
- Quiero beberme tu leche. Hasta ahora solo me la has echado en el conejo.
- No se si me quedará algo. Me has ordeñado bien.....
- Tu dejame....
Le dejé. Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar de su
boca y sus tetas alternativamente contra mi miembro. Cada vez me dolía
más, pero también cada vez notaba más placer, hasta que
no pude aguantar más y me corrí en su boca. Carmen bebió la
poca leche que me salió con glotonería, me volvió la limpiar
con su boca, y se acercó a mi para besarme.
Nos quedamos un buen rato charlando, hablando del placer que nos habíamos
dado. Carmen me dijo que me llamaría la siguiente vez que su marido
se fuese de viaje, pero que tenía que llevar el tema con mucha discreción.
Le dije que estuviese tranquila, y que esperaría con impaciencia su
llamada. Me besó en la mejilla, con cariño, y me dijo que la
próxima vez jugaríamos a un nuevo juego.
Me vestí y me fui a casa. Cené pronto, me duché y me acosté.
Esa noche dormí como un lirón. Los días siguientes pasaron
con normalidad, porque mi siguiente cita con Carmen no ocurrió hasta
septiembre, y hasta entonces no me llamó ni una vez. Eso me gustó,
porque me demostró que pensaba hacer su vida normal teniendo aventuras
periódicas conmigo. Yo era su semental, no el amor de su vida, lo que
me evitaba complicaciones.
En otra ocasión os contaré como fue mi segunda cita con Carmen,
pero antes, en el mes de agosto, me ocurrió otra cosa que os contaré en
el próximo relato, que voy a empezar ya. Me gustaría que me contaseis
qué os ha gustado más y qué os ha desagradado de éste.
Con esas sugerencias intentaré que lo que os cuente os resulte más
excitante. Podeis escribirme a juaaaan69@hotmail.com.
Un besito (no os digo donde....) a todas las chicas de más de 30.