
Hace ya algún tiempo, durante las fiestas de mi localidad, me sucedió lo siguiente, morboso a la par que rebuscado, y es que uno no siempre se imagina follándose a la hermana de un colega, aunque muchas hermanitas lo merecen.
La hermana de mi amiga, que se llamaba, y se llama aún hoy, Victoria, era cuatro años más pequeña que todos los que formábamos aquel grupo. Sin embargo, a ninguno de nuestro círculo de allegados se le escapaba que Vicky estaba de toma pan y moja. Con unos ojos brillantes y mirada inocente; pelo moreno, liso y suave, siempre cepillado y bien cuidado; pechos incipientes y cada vez más sugerentes y atractivos; y unas ligeras curvas que cada año se acentuaban más y más. Cualquiera a quien se le preguntara diría que era una chiquilla muy hermosa con un gran futuro, mientras su verga se iría endureciendo pensando en lo que le haría si pudiera. A mí me surgió esa oportunidad, lo cual en su momento me llenó de orgullo. Años más tarde me enteré de que la muy zorrita se nos cepilló a toda la panda al completo uno por uno, incluyendo a aquél con vínculos más cercanos.
La noche de autos era una calurosa noche veraniega como tantas otras en que un pueblo celebra sus fiestas. Antes de acudir a la plaza del pueblo, donde se desarrollaba la típica y estruendosa verbena, los jóvenes se disgregaban en grupos por los campos y fincas colindantes cargados de botellas de licores variados y otras sustancias menos legales para alcanzar cuanto antes un buen colocón. Algunos, los más afortunados que tenían pareja, no salían de allí, y simplemente se perdían entre los olivos agarrados de la mano el uno al otro. El resto, la mayoría entre la que me contaba, procurábamos beber rápido y en fuertes copazos para desinhibirnos con presteza y buscar el roce cuanto antes entre baile y baile.
Las cosas vienen como vienen, y lo cierto es que mirando con perspectiva, todo encaja a la perfección, pues Antonio, el hermano de Victoria, por fortuna se había líado con la hija del panadero (con unos cántaros por tetas sobre los que algún día tendré que escribir) hacía dos semanas y ambos decidieron que un polvete iba a ser más entretenido que acudir a la plaza rodeados de jóvenes con una tasa en sangre alarmantemente alta de alcohol y hormonas. En caso contrario, tal vez su hermana, que por primera vez se soltaba la melena que yo supiese, habría recibido un par de guantazos en el mismo momento en que su precioso y maravilloso culito comenzó a refregarse entre toda la panda.
Los comentarios surgieron por sí solos, y entre nosotros cuchicheábamos acerca del pedo que llevaba encima la tierna hermanita de nuestro colega. Bailó con todos y cada uno de nosotros al tiempo que sus encantos nos embriagaban hasta la perdición. Había otras chicas alrededor, tanto amigas nuestras de la misma edad como amigas suyas más pequeñas (que yo sepa, aquella noche cayeron otras tres de sus amiguitas), pero el aura que desprendía a su alrededor era único.
Su sonrisa y su mirada eran aún más atractivas entre copa y copa, y sus curvas parecían incrementarse con sus contoneos, nada inocentes, debo añadir. El Momento, en mayúsculas, fue sin duda cuando entre tanto refregón, mi verga, considerablamente dura ya, se encajó entre sus nalgas. No volvió a mirarme igual, y cada vez que nuestros ojos se cruzaban, se calentaba un par de grados el ambiente. Fuera de mí, y totalmente sudoroso, anuncié mi ausencia para despejarme un poco del ambiente cargado.
Según me alejaba del jolgorio, mi mente se replanteaba lo que había sucedido, y antes de que pudiera establecer un plan de arrepentimiento para no ir más lejos con la hermana de mi amigo, oí su voz tras de mí.
- Uff, hace calor esta noche, eh?
Nos quedamos parados de pie, el uno frente al otro. Me gustaría decir que mirándonos a los ojos, pero la verdad es que estaba mirándole el escote. Iba a decir algo, o eso creo, cuando se avalanzó sobre mí. Me empujó hasta la pared de la calle y comenzó a besarme de forma alocada y sin control alguno. Sus brazos colgados de mi cuello y su boca danzando por doquier. Yo no sabía cómo reaccionar. Aquello estaba mal. Era la hermana de mi amigo. Y era cuatro años más pequeña. Y estaba como un queso. Y sus tetitas me llamaban a gritos. Y su culito era una bendición. Y, coño, me estaba metiendo mano. Así que hice lo único que podía hacer: dejarme llevar.
La agarré del culo y la levanté en vilo sin apenas dificultad al tiempo que le daba un buen muerdo en el cuello y bajaba, a continuación, hacia su escote. Dejé su pecho izquierdo al descubierto y mi boca y su pezón se fundieron durante unos intensos minutos. Le metí la lengua en la boca bruscamente y sin un ápice de bondad.
Mis manos no me daban a basto. Quería tocarlo todo a la vez y sentirlo todo como merecía. Su culo, sus tetas, su coño... Sin darme cuenta siquiera, le había desabrochado los pantalones y su ropa interior, unas finas braguitas moradas, lucía ya bajo la mortecina luz artificial de la callejuela.
Palpé su humedad durante unos instantes, en cortos intervalos, mientras la sujetaba por la espalda con la otra mano y mi boca se despachaba a gusto con su pecho al descubierto. Sus manos tampoco estaban quietas y me tocaban con ansiedad el paquete, desabrochándome los pantalones, o al menos intentando hacerlo.
Poco después, mi verga se mostraba erguida y orgullosa bajo su atenta mirada. Se produjo una tensa espera mientras Victoria se decidía a agacharse e introducírsela en la boca. Nunca pensé que fuera a hacerlo hasta que realmente lo hizo, y se lo podría haber ahorrado, aunque suene mal decirlo. Se notaba a la legua que era la primera vez que se metía una polla en la boca. Por lo menos, le puso empeño, pero finalmente tuve que separarla de mí antes de que me desgraciara.
Escupí un poco de saliva entre mis dedos y le froté los labios, asegurándome de que estaba bien húmeda. Gimió con el solo contacto de las yemas, estaba realmente encendida, a punto de llegar al clímax. Un par de ligeros roces sobre su bolita del placer hicieron que le temblaran las piernas, y cuando iba a empezar a meterle el dedo, se corrió entre mis brazos y ahogando los gritos en mi hombro. Una pequeña cantidad de jugos brotó de su interior y se escurrió entre mis dedos, salpicando también sus braguitas por las rodillas.
Mi verga se rozaba con su vientre mientras se recuperaba del orgasmo. Con una mano jugueteaba con su vello púbico aún escaso y con la otra tocaba la delicada y suave piel de su trasero. No me había parado a pensarlo seriamente en ningún momento, pero el pequeño orificio trasero de Victoria comenzaba a llamarme cada vez más. Pero antes, tenía que desvirgar a aquella preciosidad. ¿Para qué, si no, se crearon las fiestas locales?
Volví a meterle a mano para que recuperara otra vez la excitación. No hacía falta lubricarla más, pero era mejor ponerla a punto. Cuando sus jadeos aumentaron de tono y frecuencia, decidí que era el momento oportuno. Enfilé mi verga hacia su coñito y sin pensármelo dos veces, la penetré con fuerza. Un grito desgarrador surgió de su garganta y frené en seco, más preocupado de si nos había oído alguien que de si le había hecho daño.
La miré directamente y vi lágrimas brotando de sus ojos. En mi verga sentía su coño palpitar. Me descubrí a mí mismo consolándola en un acto de falsedad viril, como si me preocupara realmente:
- Tranquila, ya ha pasado lo peor. Relájate.
Me moví despacito y se quejó, pero sabía perfectamente que se le pasaría, así que hice caso omiso. Fui iniciando el movimiento de penetración lentamente y ella se iba adaptando a la sensación, completamente desconocida para ella. Por la expresión de su rostro podía percibir cómo se sorprendía por la transición del dolor inicial hacia un progresivo y creciente placer. Yo mismo me dejé llevar y antes de que me diese cuenta, la penetraba furiosamente entre jadeos y gemidos de ambos dos, cargados de lujuria, deseo y pasión.
Recientemente, tan sólo me había acostado con la Paqui, y lo cierto es que ya casi había olvidado lo que se sentía al penetrar un chochito bien cerrado, y más aún, sin estrenar. Las vibraciones de su coño, la calidez interior, la presión, los envites, sentir los huevos chocando contra su piel, todo era un sinfín de sensaciones que me evadía por completo de la realidad.
Mi cuerpo entero estaba concentrado en una única cosa: disfrutar de aquel cuerpo maravilloso y virginal. Seguí penetrándola con vigor, babeando entre sus senos de vez en cuando, hasta que finalmente sentí llegar el final. Era como salir de un túnel largo y oscuro. Ves acercarse la luz cada vez más rápidamente hasta que finalmente sales y tienes que cerrar los ojos a causa del excesivo brillo del sol.
Me corrí en su interior en rápidas pero abundantes eyaculaciones y nos mantuvimos agarrados el uno al otro. Según mi verga se iba relajando, podía sentir cómo la leche resbalaba hacia el exterior, goteando por sus delgadas piernas y terminando en la tela de sus braguitas.
En sus mejillas aún quedaba pérdida alguna lagrimilla, pero sus ojos irritados no mentían, y su cara estaba iluminada por una expresión de placer y satisfacción. En aquellos instantes, yo también estaba ampliamente satisfecho, pero en mi mente se había grabado ya a fuego el deseo por desvirgar su otro orificio, y dada la expresión lujuriosa de la que hacía gala Victoria, más valía que lo hiciese cuanto antes o me iba a quedar con las ganas.
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