A veces no lo pueden evitar y deben ser castigadas
Cada especie en la isla tenía su significado, sus rituales, sus iniciaciones y adiestramientos para convertirse en lo máximo en su especie. Entre las amazonas la competencia era grande, y los objetivos a alcanzar eran su vida. Esto les daba cierta violencia en sus actos. Y siempre eran activas, por lo que existía un solo ritual para compensar su energía, en el cual eran totalmente pasivas y debían dejar que todas las demás especies les hicieran lo que sea, sin permitírseles hacer ruido alguno. Ninguna podía escapar a este ritual, pero a nadie se le ocurría hacerlo, ya que era parte de su orgullo de amazonas el someterse a esta práctica. Se realizaba una vez al mes, al caer el sol del tercer viernes, alrededor de una fogata enorme, en un gran círculo de árboles en lo más espeso del bosque.... Y mientras se veía el brillo naranja del sol entre los árboles, se colocaban los soportes de madera en círculo, sobre los cuales se arrodillarían las amazonas. En cuanto estaban colocados, ellas se retiraban sus taparrabos y sostenes de cuero y piel, y quedaban sólo con una muy pequeña tanguita de cuero con una tirita rozando su ano. Con esos magníficos cuerpos llenos de curvas, de piel tersa y bronceada, se arrodillaban en los soportes, dejando el culo parado hacia adentro del círculo. Allí aparecían los pequeños sátiros para atarlas a los soportes alegremente, metiendo de vez en cuando un dedo en el culo de alguna de las amazonas. Sus dedos habían sido hechos para eso, sabían muy bien lo que hacían. Eran expertos en penetrar culitos con sus dedos, estaban permanentemente lubricados. Ellos las ataban bien fuerte con sogas que ceñían sus piernas, su cola, su panza, sus tetas. Metían de a uno sus dedos en el culo de alguna amazona, muy lentamente, tomándose todo su tiempo. Mientras ellas iban quedando todas ataditas y con los culos bien parados y latiendo un poco ya, los sátiros iban dejando lugar a las ninfas que entraban en escena. Ellas eran suaves en general, pero entre ellas estaba Elis con su varita... y mientras las dulces ninfas acariciaban y lamían sus nalgas, culo, conchas, tetas y sus bocas, Elis en el centro del círculo, iba golpeando las nalgas de las amazonas con su rama flexible.
Las ninfas ponían un brazo entre las piernas de las amazonas para que se refreguen contra él con sus conchas calientes y mojadas. Y el bosque era un movimiento frenético de conchas de amazona contra brazos y dedos de las dulces ninfas, que acompañaban todo chupando, lamiendo y besando sin parar. Muerden los pezones de las amazonas para hacerlas gritar, y cuando una lo hace, Elis pega más fuerte en el culo de la desobediente. Elis está pendiente de castigar a las quejonas. Los sátiros han empezado a tocar los tambores, puestos en un círculo exterior al de amazonas. Cuando esto ocurre las ninfas saben que su participación está por terminar. En el centro, formando un círculo interno, mirando a los culos, se reúne un grupo de walkirias rebosantes, exuberantes, calientes frente a ese espectáculo de bellos culos castigados levemente... Las walkirias van avanzando cada una hacia el culo de una amazona y cuando están allí lo besan desesperadamente, lamiéndolo, escupiéndolo, mojándolo, sintiendo cómo late, cómo se abre y se cierra después de todo lo que ya habían recibido de los sátiros y de las ninfas, pero aún faltaba mucho más. Unas pequeñas haditas entraron al espectáculo yendo directamente a las tetas de las amazonas, a los pezones parados y erizados que cuelgan atados con sogas. Las haditas mordisquean los pezones, los pellizcan, se pelean por chuparlos y lamerlos, tironean de ellos, y las amazonas no pueden dejar de gemir. Las walkirias, ante esta desobediencia, sacan los látigos de flecos que traen amarrados a su vestidura de cuero y le dan un fustazo en las nalgas a su amazona. Las castigan porque no pueden emitir sonido alguno durante todo el ritual, y ellas lo saben. Pero a veces no lo pueden evitar y tienen que ser castigadas. Y las walkirias comienzan con un latigazo de un lado, otro del otro, uno más, y otro, y otro más... y las amazonas siguen gimiendo y soltando grititos..... ellas se enojan, y buscan otro implemento que traen con ellas: un arnés con un miembro para penetrar a las amazonas con él. Se lo ponen, ajustando los cueros del arnés a su propio culo. Y sin dejar de pegar con el látigo de flecos en el enrojecido culo de su amazona, cada walkiria introduce la gran pija en la concha , viendo cómo el culo se abre enormemente ante ella, late, se abre y se cierra visiblemente, pidiendo que lo claven. Se la coge bien disfrutando de ese bello espectáculo, hasta que no aguanta más, saca la pija y la introduce toda de golpe en su culo. Allí las amazonas no pueden evitar gritar, y dan alaridos, recibiendo el consabido castigo en sus nalgas, piernas y espalda, mientras siguen siendo mordidas en sus pezones por las hadas. Meten la enorme pija en el fondo y se quedan quietas. La música cesa. Las amazonas gritan, pero piden más. Se empiezan a mover ellas con la gran pija bien metida en el culo. Se reanuda la música y también el movimiento. Las walkirias llaman entonces a los sátiros, que vuelven a aparecer, mostrando ahora sus pijas enormes erectas y chorreantes. Se colocan por debajo de las amazonas, y enseguida apoyan la punta de sus pijas en las conchas abiertas de las guerreras, como apuntalando para dar el empujón que las hará emitir los alaridos más fuertes. A una orden de las carnosas walkirias, ellos penetran esas conchas hasta el fondo y vuelven a sacar las pijas. Inmediatamente las walkirias empujan toda la poronga adentro del culo y la vuelven a sacar, mientras los sátiros vuelven a meter. Y en una danza coordinada y cada vez más frenética, mientras las walkirias meten los sátiros sacan, y mientras las walkirias sacan los sátiros meten. De esta forma penetran con las enormes pijas en las conchas de las amazonas atadas, y todos se mueven fuerte, metiendo y sacando alternadamente dos pijas. Una clavada en el culo y la otra en la concha. Adentro y afuera. Metiendo y sacando. Una y otra vez. En la concha y en el culo. Las amazonas aullaban ya de placer, cayendo de los soportes a la tierra, exhaustas y maltratadas, pero felices, siendo rociadas por litros de semen de sátiro. Ese era el fin del ritual... para las amazonas