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2007-06-26 21:50:07
Esta historia comenzó hace doce años. Estaba a punto de cumplir los 18 años cuando mis padres murieron en un accidente de tráfico. Yo ya trabajaba en una tienda de la ciudad y cuando murieron mis progenitores, hubo algunas voces en la ciudad que dijeron que tendría que irme a algún centro porque todavía era menor de edad e hija única. Les dije que apenas faltaba un mes para que los cumpliera y que podría arreglármelas sola. Mis jefas y compañeras me apoyaron. Vivía en una casa algo apartada de la ciudad y tenía unos terrenos que hasta entonces cultivaba mi padre.

Esta historia comenzó hace doce años. Estaba a punto de cumplir los 18 años cuando mis padres murieron en un accidente de tráfico. Yo ya trabajaba en una tienda de la ciudad y cuando murieron mis progenitores, hubo algunas voces en la ciudad que dijeron que tendría que irme a algún centro porque todavía era menor de edad e hija única. Les dije que apenas faltaba un mes para que los cumpliera y que podría arreglármelas sola. Mis jefas y compañeras me apoyaron. Vivía en una casa algo apartada de la ciudad y tenía unos terrenos que hasta entonces cultivaba mi padre.

Al mes más o menos, trajeron a un hombre de unos 30 años más o menos que tenía amnesia. Había aparecido herido y tirado en una zanja. Algunas voces decían que era un fugitivo de la justicia, otras decían que era un vagabundo... Le curaron las heridas y le comenté a una de mis jefas que era la esposa del jefe de policía que podía quedarse en la cabaña que hay cerca de mi casa y trabajar mis tierras mientras recuperaba la memoria. Le prometí que me mantendría algo apartada de él, por lo menos al principio.

Empezaban los primeros fríos y no tenía ropa. La gente del pueblo le dio algo de ropa y yo le di una zamarra de mi padre que al fin y al cabo iba a donar a caridad. Poco a poco empezamos a hablar. Él no recordaba ni su nombre por lo que le llamaba Jorge. Empecé por llevarle algo caliente a mediodía para comer y según iban pasando los días hablábamos cada vez más rato. La tierra estaba cada vez más dura por las heladas y en algunos lugares ya era imposible trabajar. Un día, me preguntó qué había al otro lado de la colina que se veía cerca. Le dije que había un pequeño lago y le propuse que al domingo siguiente fuéramos de excursión. Ese domingo, hacía mucho frío y aunque había algunas nubes, el día parecía bueno. Salimos bien abrigados y llevamos unos bocadillos y un termo. Llegamos hasta el lago y allí, protegidos del viento por unas rocas, comimos y bebimos mientras hablábamos. Decidimos regresar ya que se había nublado mucho y teníamos como dos horas de camino. Cuando llevábamos un buen rato caminando, empezó a nevar. Por fin llegamos a la cabaña donde habitaba ya que mi casa distaba a un kilómetro todavía. Estábamos empapados ya que los jerséis que teníamos puestos abrigaban, pero no valían para lluvia o nieve.

Nos quitamos la ropa mojada y Jorge la puso delante del fuego para que se secara. Me dio una camiseta y él se puso otra. Calentó el café que quedaba en el termo y preparó algo de comer. No dejaba de temblar y consiguió convencerme para que me metiera a la cama. Al poco noté que él también temblaba y le dije que si se metía él también a la cama nos calentaríamos antes. Lo hizo a regañadientes. La cama no era grande por lo que cabíamos bastante justos. Me dijo que si nos abrazábamos, cabríamos mejor en la cama y estaríamos más calientes. Lo hicimos y así estuvimos largo rato hablando. Creo que nos quedamos dormidos. Cuando volví a abrir los ojos, estaba de espaldas a él. Seguía abrazada por él. Tenía una mano sobre mi pecho y la otra sobre mi panochita. Y notaba un bulto grande contra mi culito. Moví un poco la pierna y ese bulto se coló entre mis piernas. Entonces noté cómo su mano empezó a acariciar mi panochita muy suavemente. Me estaba gustando mucho y me estremecí.

–¿Te gusta? –me susurró al oído.

Asentí con la cabeza. Entonces me di media vuelta. Su mano no dejaba de acariciar mi chocho y su enorme polla se metió entre mis piernas. Me encantaba esa sensación. Le dije que no había hecho nada de eso nunca. Entonces me dijo que le encantaría enseñarme. Me pidió que le tocase. Agarré su enorme mástil que estaba muy duro y muy caliente. Me dijo cómo acariciarlo. Entonces me dio un beso en los labios.

–¿De veras que no lo has hecho nunca?

–En una ciudad tan pequeña como ésta donde se conoce prácticamente todo el mundo, hija única y habiendo estudiado en un colegio de monjas, ya me dirás tú.

Entonces comentó que dónde estaban los chicos a lo que le contesté que los pocos chicos jóvenes que había se marchaban fuera a estudiar o encontraban trabajo en otros lugares.

Su boca empezó a bajar por mi cuello para centrarse en mis pechos. Poco a poco se fueron poniendo duritos. Después, su boca fue bajando hasta llegar a mi panochita empapada. Y sentir su boca comiéndome el coño, fue la repanocha. Estaba a mil. Y tuve un fenomenal orgasmo. Luego quise hacer lo mismo y al llegar mi boca a su polla, me pidió que hiciésemos un delicioso 69. Antes de eyacular, salió de mi boca, y debido a la lubricación que teníamos los dos, fue metiendo su enorme polla en mi vagina. Se metía muy despacio, para que mis paredes vaginales pudieran sentir al máximo el roce de su invasor mástil. Llegó hasta la barrera de mi himen y paró. Luego, cogió impulso y se enterró por completo. Ahí sí que me dolió, pero se me pasó enseguida. Empezó a moverse muy despacio, y luego fue aumentando la velocidad. Los gritos y gemidos de los dos eran audibles hasta fuera de la cabaña.

–¡Ooohhhhhh! Síiiiiiiii... más, quiero máaassss, dámelo todo, sigue, más fuerte, aaaggghhh, hasta el fondo, lléname toda, síiii, hazme un hijo... mmmmmmm, no pares, no pares... –le gritaba.

–Muy bien pequeña; mmmmm, cariño... qué rico coño tienes, así, sí mi vida, levanta las caderas así... sigue, aaahhhh, toma mi leche cielo, así te haré un hijo mi niña, asíiii... –me gritaba él.

Y volvimos a explotar. Y así pasamos toda la noche. Cuando me desperté, estaba sobre su cuerpo y tenía su pene dentro de mi vagina. Me moví un poco y me preguntó bromeando si tenía ganas de más a lo que le contesté que sólo me había movido porque me gustaba sentirlo dentro. Entonces, cogiendo con su boca un pezón, empezó a chuparlo mientras se movía en lentos y profundos embistes. Tuvimos otro fenomenal orgasmo. Tenía mi cuerpo totalmente inundado de su leche. Después de levantarnos, le comenté que en invierno algunas casas quedaban aisladas por la nieve, entre ellas la mía y la cabaña. Me dijo que intentaría mantener abierto el camino entre la casa y la cabaña y entonces le propuse que pasáramos esos días de aislamiento en mi casa. Por la tarde, fuimos al pueblo a comprar provisiones.  Los días de aislamiento tenía fiesta en el trabajo.

A los pocos días de aislamiento, una tarde mi invitado tuvo un terrible dolor de cabeza. Le di unos analgésicos y lo hice meterse en la cama. Al cabo de unas horas, me dijo que se le había pasado, y que había recuperado la memoria. Ni era un fugitivo, ni era vagabundo, ni estaba casado. Era un representante de comercio que según viajaba cerca del pueblo, tuvo un pinchazo en una rueda. Al intentar arreglarlo le atacaron dejándolo sin conocimiento y llevándose su coche. Se llamaba Adrián, tenía 28 años, vivía solo y no tenía familia.

Los días de aislamiento fueron tremendos. Cuando pudimos empezar a ir al pueblo fuimos donde el alguacil y denunció el caso. Aquél dio aviso y al cabo de un mes más o menos, apareció el coche, más bien descuartizado. Dijo que el asunto del trabajo podía llevar desde cualquier lugar donde viviera, ya fuera la ciudad donde había vivido hasta entonces o nuestro pueblo. Me dijo que quería seguir conmigo. A mí también me gustaba muchísimo. Le prestaron un coche y fuimos a su ciudad. Recogió lo poco que tenía y puso a la venta su piso. A los pocos días, ya lo tenía vendido. Con todos sus bártulos, volvimos a nuestro pueblo. Como era pequeño, él seguía "oficialmente" en la cabaña aunque todas las noches las pasábamos en mi cama. Al cabo de un año nos casamos ya que estaba embarazada.

Autor: ainlablar


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