
El día era maravilloso. Un sol que acariciaba mi piel, una suave brisa que sabía a beso. Abel por fin se había puesto en contacto conmigo, Un correo electrónico me anunciaba una pronta visita, aunque ya en mi ciudad, porque las vacaciones estaban llegando a su fin. Habían pasado unos días del encuentro con Martín y sus amigos, y cada vez que recordaba los hechos, una humedad se apoderaba de mi sexo.
Ya no reconocía a la mujer timorata de a penas hacía un mes. Había cambiado. Algunas personas podrían opinar que me había transformado en una auténtica fulana, pero para mí, solo había sido una transformación, de tal manera que ahora era yo la que manejaba los hilos, la que decidía donde y con quién obtendría placer. Era libre, y a nadie debía dar explicaciones.
Las vacaciones terminaban, y el día estaba nublado. Sin embargo no me apetecía sin la visita diaria a la playa nudista a la que me había aficionado después de mi encuentro con Martín. Cando llegué, pude comprobar que la playa estaba prácticamente desierta, a pesar de que algunos rayos de sol atravesaban las nubes. Me quité la ropa, y me dispuse a dar unos paseos a lo largo de la playa. Sumida en mis pensamientos llegué hasta el final de la arena, donde comenzaban unas puntiagudas rocas. Paré a contemplar el magnífico espectáculo que ante mis ojos se ofrecía. Ensimismada, no me percaté de un pescador que con el torso desnudo tenía a su cargo varias cañas. Me dirigió una breve mirada, y siguió con lo suyo.
Volví sobre mis pasos, pero intrigada, me giré de nuevo hacia el pescador. Este no movió un solo músculo para observar mi desnudez. Reconozco que aquello me punzó en mi orgullo. El caballero tenía unos cincuenta años, y su cuerpo moreno, estaba bien proporcionado. Sus brazos parecían fuertes, ideales para mi gusto. Seguí caminando hasta donde había depositado la toalla, y me tumbé a recibir los pocos rayos de sol que las nubes dejaban escapar. La temperatura era muy agradable, y pensé en darme un baño más adelante. No sé el tiempo que pasó, la realidad es que quedé dormida.
No sé el tiempo que estuve así, pues el suave calor me arrulló junto con la danza de las olas rompiendo sobre la orilla. Cuando desperté, no me di la vuelta, hasta que noté que la sombra de una persona estaba sobre mí.
- Disculpe señorita. ¿Está bien?
Me di la vuelta lentamente para ver de donde venía tan dulce voz. Sólo alcancé a ver en un primer momento la silueta de un hombre, ya que el sol me nublaba la vista.
- ¿Esta usted bien? Volvió a repetir
Esta vez me incorporé hasta sentarme, a la vez que el desconocido se agachaba hasta poner su cara muy cerca de la mía. Era el pescador que había visto en las rocas. En ese instante vino hasta mí el aroma de esos hombres que no tienen que usar colonias, pues el olor de su piel penetra en tu olfato, como la suave brisa del mar. Recuerdo que me cogió suavemente por los hombros, para cerciorarse de que me encontraba bien, a pesar de no pronunciar aún ninguna palabra.
- Estoy bien gracias respondí en un tono casi inaudible.
El desconocido se debió dar cuenta de mi aturdimiento, pues casi inmediatamente se presentó.
- Soy Javier. He pasado dos veces junto a usted, y he podido comprobar que sollozaba. No me he atrevido a acercarme, hasta que no he visto que se despertaba.
Me ayudó a incorporarme, y por unos instantes sus manos me acercaron hasta su cuerpo, cerciorándose que no perdía el equilibrio después de un buen rato de estar tumbada. En esos instantes pude ver su rostro. Era un hombre de edad, pero su atlético cuerpo, y su piel bronceada, le hacían parecer más joven de los años que tenía, 53 según me aseguró más tarde. Sus brazos siguieron sujetándome durante unos segundos más, en los que pude apreciar sus bíceps. Por unos instantes mi imaginación echó a volar, y mis pezones se encargaron de enseñar cual era la naturaleza de mi imaginación. Javier por supuesto se dio cuenta de ello, y fue entonces cuando me soltó.
Comentó que el tiempo amenazaba lluvia. Me invitó a tomar un café, para que volvieran a su estado normal mis constantes vitales. Mientras me vestía, el esperaba galantemente a unos metros de distancia.
¿Qué es lo que soñaba, que la hacía sufrir tanto?
No sé por qué me sinceré con un desconocido; seguramente porque necesitaba descargar todo lo que con el tiempo se había quedado en mi interior. El dejó los aparejos en su vehículo, y yo la bolsa con la toalla en el mío. Me indicó que podíamos tomar un café en la cafetería de la playa, pues después tenía que ir al pueblo. Asentí, y nos dirigimos hacia el establecimiento, que resultaba nuevo para mí. Nunca había entrado en el.
En el interior comencé a contarle lo que mi marido me había hecho. Mi separación, y la aventura con Abel, Martín, y mis inquietudes, mis miedos. Le comenté que ya no creía en el amor, que mi corazón se había vuelto de piedra por el dolor, y que ya jamás podría amar a nadie. Era fácil habar con el. Quizás su sonrisa, quizás la serenidad de su voz, o quizás esas canas que hacían verle como a un abuelo, o como es actor que en nuestra juventud reflejaba el icono de sensualidad. El caso es que no dejé de hablar durante una hora de mi historia, de lo mucho que había querido a mi marido, que no le había logrado perdonar…
Le hablé de mí resurgir sexual, de que siempre había sido una mujer caliente, pero que con mi marido no lograba darme… El escuchaba atentamente, interrumpiendo solo cuando preguntaba por algún detalle que se le escapaba. ¡Todo un caballero!
Cuando acabé de hablar, me di cuenta que tenía una de mis manos cogida por sus dos manos. Jugueteaba suavemente con sus pulgares sobre mi muñeca, y una ola de sensaciones invadió mi cuerpo. No sabría explicarlo. Por un momento cerré mis ojos, y creí que era mi marido el que acariciaba. Cuando los volví a abrir, él continuaba allí, y he de reconocer que me agradó. Debía de estar muy cómodo, pues daba la sensación de dominar la situación; incluso a mí. Fuera del local, las primeras gotas de agua golpearon el cristal, anunciando una típica tormenta de verano. Me sorprendió cuando sugirió salir a dar un paseo por la playa.
- Verás como el agua limpia tu alma. -Comentó.
Yo acepté, y él gentilmente me ayudó a levantarme tendiéndome la mano.
Fuera la lluvia había dado al ambiente el característico olor a tierra mojada.
Cuando noté las primeras gotas de lluvia resbalar por mi piel, y empapar mi camiseta, sentí un pequeño escalofrío. Él me agarró por el hombro con su brazo, y me juntó contra su pecho para darme calor. Y vaya si me lo dio. Esta vez el escalofrío me recorrió toda la espina dorsal. Y mi cabeza comenzó a dar vueltas cuando noté sus labios posarse en los míos. Fue un beso dulce, sensual.
- Estos labios están para ser besados, y no para que pronuncien palabras dolorosas.
Ahora fui yo quien se agarró a su cuello, y le besé. Mi lengua se entrelazó a la suya en un ritual semejante al de las serpientes en el cortejo sexual. Él descendió sus manos por mi espalda hasta llegar a mis caderas, donde estuvo jugueteando. Para cuando acabó el beso, la lluvia había hecho transparente mi camiseta, y sus pantalones blancos. Al no llevar la parte superior del bikini, mis pezones se mostraban en todo su esplendor, al igual que sus glúteos, aprisionados en unos ajustadísimos slip que juré destrozar en cuanto pudiese. Mi tanga mojado, friccionaba también entre mis nalgas produciéndome una excitación que iba en aumento al caminar. Seguimos agarrados por la playa como dos enamorados, hasta que al doblar una zona que da a un arbolado, el me dirigió hacia la hierba, donde nos tumbamos, protegiéndonos un poco de la lluvia, que cada vez arreciaba más.
Mi respiración estaba un poco agitada por lo inusual de la situación. Él se incorporó un poco, y recorrió todo mi cuerpo con su mirada, para exclamar lo hermosa que era. Con una mano lo atraje hacia mí besándole como si me fuese la vida en ello. Metí mis manos por debajo de su camiseta, tocando cada centímetro de su piel, recorriendo cada músculo, que se tensaban ante la llegada de la caricia. Quise quitarle el pantalón, pero me lo impidió, acompañando con un susurro.
- Tranquila, despacio. No hay prisa. Disfruta del tiempo.
Él me dio la vuelta, a la vez que me quitaba la camiseta. Pensé que me podía haber equivocado, y ser un depravado que me sodomizaría sin más miramientos, pero ante mi asombro, comenzó a acariciarme la espalda, procediéndome a dar un masaje que me transportó al séptimo cielo. Era una mezcla entre relajante y sensual. Los círculos de sus manos, cada vez se abrían más, y ya llegaban a mis glúteos, que recibían las caricias, procediendo a separar más las piernas, dispuesta a recibir su miembro, que prometía de ser de un tamaño considerable, a juzgar por el bulto que presionaba sobre mis piernas en alguna fase del masaje.
Después procedió a besarme, comenzando desde el cuello, y descendiendo hasta mis tobillos, para volver a desandar lo andado; y vuelta a empezar. Movía mis caderas, para que viese que deseaba que me penetrara sin más demora, pero Javier tenía otros planes.
Me levantó y sin colocarme la camiseta, me llevó a través de un estrecho sendero. Pensé que desearía más intimidad para poseerme, pero el final del sendero acababa en una hermosa propiedad, rematada con una casona indiana. Abrió con una llave que estaba escondida en un macetero, y me invitó a pasar. Mis pechos se balanceaban a cada paso, y noté como le gustaba, pues no perdía detalle y siempre lo acompañaba con una leve sonrisa.
Atravesamos varias instancias, hasta que llegamos a un baño en el que estaba instalado un jacussi. Procedió a prepararlo todo para darnos un baño. Echó en el agua, unas gotas de un producto verde, que al contacto con el calor, llenó la estancia de un suave olor, que creo aumentó mi calentura. Me retiró el tanga con mucha tranquilidad, deleitándose en cada movimiento, y contemplando mi arreglado pubis, que procedió a besar, una vez liberado por completo de la prenda. Me dio una mano, y me ayudó a entrar en el agua. Me acomodé, cerrando los ojos, y disfrutando del suave masaje que proporcionaban las burbujas. Cuando los abrí, Javier se estaba introduciendo en el jacussi, completamente desnudo, y casi no pude apreciar su pene en todo su esplendor, pero todo llegaría pensé para mí.
Cogió una suave esponja y comenzó a enjabonarme todo el cuerpo, acompañando los movimientos como si fuese un relajante masaje. No pude, y no quise aguantar más, y de mi boca comenzaron a salir sonidos de aprobación y de placer. Sus labios recorrieron mis piernas, para acabar besando mis pies, chupando con dulzura cada uno de los dedos. Era una experiencia nueva para mí y muy deliciosa por cierto. Me dio la vuelta, y comenzó de nuevo un masaje, acompañado de suaves besos que fueron recorriendo mi espalda hasta llegar a mis nalgas, donde se entretuvo, procediendo a separarlas un poco, para dar pequeños besos en mi ano. Aquello me produjo una descarga eléctrica, que me hizo dar una pequeña convulsión. Nunca nadie me había recorrido el cuerpo como aquel hombre, y nadie había explorado hasta este verano los rincones que prohibidos que Javier estaba mostrándome. Cuando comenzó a jugar con mis pezones, no pude aguantar más, teniendo un fuerte orgasmo, ante la sorpresa de los dos.
- Ha sido maravilloso. -Acerté a decir, cuando mi respiración se relajó un poco.
- Acabamos de empezar.
Me dio una esponja, para que ahora fuese yo quien procediese a enjabonarle. Puso su espalda junto a mis senos, y comencé a enjabonarle el pecho. Tenía pelo, pero no era exagerado. Aquel hombre tenía todo lo que yo deseaba en mis fantasías... y en la realidad. Cuando pasé varias veces la esponja por sus pezones, pude comprobar que su respiración se hacía más irregular. Nunca había pensado que los pezones de un hombre pudiesen ser tan sensibles. Dejé un momento la esponja en el agua, y me entretuve en jugar un poco con ellos, poniéndose muy duros entre mis dedos. Elegí otra postura en la que me fuera más sencillo acceder a su pecho, y fui pasando mi lengua por sus pezones, llegando a darle pequeños mordiscos. Aquello estaba claro que le excitaba, pues su pene se puso más duro todavía. No pensé que un hombre de su edad pudiera tener ese tipo de erecciones. Le acariciaba su pecho, a la vez que se frotaba mis nalgas con su duro pene. Me colocó en una parte del Jacusi, en el que las burbujas incidían directamente en mi vagina. Estas al romperse contra mi inflamado clítoris, actuaban como pequeños dedos que acariciaban tan íntimo lugar. La situación era de lo más caliente. Jamás había sentido con nadie lo que estaba sintiendo con Javier. Sus manos no dejaban de recorrer mi cuerpo, explorando cada rincón. Pude aprender a gozar con partes de mi cuerpo que antes parecían vedadas. He tenido varios amantes en mi vida. Uno en concreto muy bueno, pero Javier les dejaba en mantillas. Les vi egoístas en nuestras relaciones, comprendiendo que buscaban su propio placer, y no el compartir. Chema no había sido así, pero había sido tan inexperto, que no había variedad en nuestra relación, aunque me hacía disfrutar. Pero Javier...
Descendí por su torso hasta que el agua me cubrió la cabeza. Abrí los ojos, y vi el erecto pene apuntando directamente a mi cara. Los testículos eran muy oscuros, y con abundante pelo. También eran muy gordos, prometiendo una carga de esperma que ya quería en mi interior.
Abrí la boca, y me introduje su miembro hasta donde pude. El agua dificultaba la tarea, pero estaba dispuesta a demostrarle que yo también sabía lo que era el sexo. Comenzó a moverse en mi boca cuando con una mano le acaricié los testículos. Las burbujas seguían trabajando mi vagina. Javier sacó los pies del agua y con ellos comenzó a masajear mi espalda. Se acoplaban a cada rincón, produciéndome un placer que solo puede entender quien haya tenido la oportunidad de recibir un masaje así. No pude contenerme, y exploté en un inmenso orgasmo que hizo que mordiese levemente el glande de Javier. Este no protestó, y cuando levanté la cabeza para comprobar si le había hecho daño, pude ver que estaba muy excitado. Me incorporé un poco, y agarré el pene con las dos manos, tirando de el hacia arriba, obligando a Javier a que se arqueara y lo sacase fuera del agua. Mantuvo la postura para que pudiese seguir lamiendo. Metí la lengua en el orificio del pene, mientras mirando a los ojos de Javier, pude comprobar que le excitaba un poco el dolor. ¡Caramba con este hombre! Estaba lleno de sorpresas.
Decidida a saltarme todas las barreras que me habían impedido disfrutar del sexo, hice que se volviese, colocándole a cuatro patas. Coloqué mis pechos sobre la espalda, frotándolos por ella. Los endurecidos pezones hacían a la perfección su trabajo. Comencé a besar su nuca, y a descender por cada rincón de su bien formada espalda. Hasta que llegué a sus nalgas. Por un momento dudé si debía seguir, pero pensé en el placer que me había dado, y que seguramente sentiría lo mismo. Separé suavemente sus nalgas, y comencé a besar suavemente su orificio anal. No me podía creer lo que estaba haciendo, pero seguí adelante. Javier comenzó a suspirar y a mover ligeramente sus caderas, señal inequívoca de que mis manipulaciones eran de su agrado.
Reconozco que estaba en un estado de alta excitación, casi rayando la locura. Alcancé a ver un frasco de aceite. Rocié su espalda, y comencé a frotarme contra él. Froté mi pubis contra sus nalgas, como si tuviese una polla con la que poder sodomizarle. Seguí extendiendo el aceite, y esta vez le tocó el turno a sus nalgas, que froté vigorosamente. A estas alturas, Javier era un continuo jadeo. Me sentía exultante de poder dar tanto placer a un hombre. Por unos momentos me sentí una diosa capaz de dar placer inmenso. Pasé mis dedos por su ano, y en una de las pasadas, procedí a introducir levemente uno de los dedos. Esperé la reacción de Javier, pero seguía jadeando y contorsionándose. Hay muchos tíos que consideran que esta maniobra es de homosexuales. ¡Ellos se lo pierden! Llegué a introducir todo el dedo, a la vez que procedía a masturbarle. No quería que se corriese en mi mano, pero sí llevarle hasta el límite. Le metí dos dedos en la boca, que chupó con una sensualidad inusual. Cuando menos me lo esperaba, sacó mi dedo de su ano, me levantó en vuelo, como si careciese de peso, nos salimos del agua. Tras besarme, comenzó a descenderme, a la vez que mis piernas se enlazaban a su cintura. Noté su pene en la entrada de mi vagina. Se detuvo unos segundos ahí, para desesperación mía que ya deseaba ser penetrada. Procedió a introducir su pene, sin dejar de mirarme a los ojos, poniendo más calor en el ambiente, si eso era posible. A medida que me penetraba, notaba como avanzaba su pene, hasta parecer que iba a chocar con mi estómago. Pude ver la escena a través de los espejos que estratégicamente estaban en el baño.
Me llevó por unas escaleras hasta un espacioso dormitorio. Subiendo, el pene se movía en mi interior, multiplicando las sensaciones. Iba abrazada a su cuello, pensando que nadie podía ser más feliz en esos momentos. Me sentía protegida por un hombre fuerte, que era capaz de elevarme y de transportarme sin esfuerzo aparente. Una vez en el dormitorio, apartó la colcha de la cama, y me depositó en ella, saliéndose de mí. Me quedé vacía, como si al retirarse, se hubiera llevado mis entrañas con él.
Me agarró los pechos con cierta rudeza, haciendo que elevase mi pubis, momento que aprovechó para penetrarme de nuevo. Comenzó unos movimientos lentos, sin dejar de mirarme. Antes de que volviese a entrar, yo ya estaba preparada para recibirle. Así una y otra vez. Noté que se tensaba, a la vez que yo tenía las primeras contracciones de otro orgasmo. Levanté la cabeza hasta su pecho, y cuando comencé a mordisquear sus pezones, noté sus primeros chorros de esperma. Era caliente, y muy abundante. El orgasmo duró más de lo que estaba acostumbrada a ver, y de una intensidad superior. Estuvo dentro de mí hasta que la erección descendió. El semen salía por la vagina resbalando por mis muslos. Él, de rodillas contemplaba mi desnudez, insistiendo una y otra vez en lo bella que era. Recogí un poco de su esperma con un dedo, y me lo froté por los labios, para después introducir el dedo en la boca. Él comenzó a reírse, y a decir que no sería capaz de mantener otra erección. Aquello me lo tomé como un desafío, así que le hice tumbarse de espaldas, y me metí el pene en la boca. Su tamaño había descendido considerablemente. El sabor de su semen era un poco amargo. Poco a poco el tratamiento iba dando sus frutos, y el pene recobraba su templanza. Su excitación iba en aumento, y comenzó a jugar con mi pelo, mientras movía sus caderas como si estuviese follándome por la boca. Esta vez fui yo quien le paró, saliendo de la habitación, y regresando después con el bote de aceite del baño.
Tomó el bote y colocándome boca abajo en la cama, comenzó a extenderme el aceite por la espalda. Pensé que me iba a dar un masaje, pero tras untarse su pecho y su pene, procedió a frotarse contra mí, utilizando su pecho y sobre todo su pene, como si fuesen manos. Era lo más erótico que me habían hecho en mi vida. Su pene pasaba una y otra vez por mi ano y mi vagina. A medida que pasaba el tiempo iba deseando que me penetrase, y cuando por fin parecía que iba a hacerlo, se levantó de la cama diciéndome que no me menease, que iba a preparar unas cosas. Le hice caso, entre otras cosas porque estaba tan relajada que no me apetecía cambiar de postura. Al cabo de un rato volvió. No pude ver lo que tenía, porque me pidió que cerrase los ojos.
Fue dejando todo sobre la mesilla. Los sonidos me eran conocidos, pero no acababa de saber que es lo que había traído.
Procedió a vendarme los ojos con un pañuelo de seda. Después me volvió boca arriba y me ató las muñecas al cabezal de la cama, que era de forja. Esto último no me gustaba, pero era tal la delicadeza de sus movimientos, que enseguida cambió mi recelo por una desconocida excitación. Noté algo frío que recorría mi cuerpo. Era un trozo de hielo que se deshacía a medida que mi piel lo calentaba. Fue pasándolo por todo mi torso, hasta detenerse en los pezones, que respondieron a la nueva temperatura endureciéndose como nunca. Siguió haciendo círculos en mis pezones hasta que estos estaban sensibilizados al máximo. Descendió por mi ombligo, hasta la entrada de mi vagina. Pasó de largo, y fueron mis muslos los que recibieron la caricia del hielo. El hecho de tener los ojos vendados, hicieron que la sensación de excitación se multiplicara por diez. Era evidente que Javier sabía lo que hacía. En mi cuerpo quedaron dibujadas gotas de agua que se encargó de recoger con sus labios. Yo me arqueaba de placer y excitación. Oí el ruido de una botella de champaña al descorcharse, y como se llenaba una copa. En mis labios noté la textura de una fresa impregnada en la bebida. Solo me permitió comerla a bocados pequeños, recreándose en el movimiento de mis labios. Después partió otra fresa y la fue pasando por mis duros y sensibles pezones. El olor a fresa y champaña inundaba la estancia. Dejó cada mitad de la fresa en cada pezón. Otra fresa bañada la introdujo levemente en el interior de mi vagina. Un nuevo sonido conocido se sumó a la fiesta, estaba rociándome con nata muy fría varias partes de mi cuerpo. Labios, pechos, axilas, interior de mis muslos, monte de Venus... Me estaba convirtiendo literalmente en un auténtico postre. Para acabar con el toque alimenticio, procedió a untarme bien el ano con aceite, presagio de lo que iba a ocurrir más tarde.
Cuando terminó, procedió a atarme los pies a la cama. No comprendía por qué lo hacía, ya que la posición le impedía una correcta penetración.
Pero las sorpresas no se iban a acabar. Oí como se levantaba y abría la puerta.
Pasa que ya está lista.
Aquello no me lo esperaba de Javier. No parecía su estilo. Me iba a compartir con otro hombre. Un desconocido al que ni siquiera podía ver, y al que no podía ofrecer resistencia, debido a mi situación. Protesté, pero no recibí ninguna respuesta, solo el crujir de la cama, cuando mi desconocido amante se sentó en ella y procedió a posar sus labios en los míos. Estaban muy fríos. Intenté resistirme, pero él insistió suavemente, sin violencia. Comprendí que era del todo inútil mi resistencia, así que decidí gozar lo más posible, aunque en mi interior sentía la desilusión del que confía en otra persona y se desvanece lo que piensa de él.
Procedí a devolverle el beso. Había algo familiar en su forma de besar, como si no fuese la primera vez que me besaba. Descendió por mi cuello. Allí acabó mi resistencia. Siempre me ha gustado que me besen el cuello. Sus labios fríos no eran desagradables, todo lo contrario, era una sensación nueva. Pensé en qué estaría haciendo Javier. ¿Estaría mirando? ¿Participaría?
Siguió besándome hasta llegar a mis axilas. Nunca me habían besado en ese lugar, y recomiendo a los que lean este relato, que sorprendan a sus parejas. Fue comiendo todo lo que tenía distribuido por el cuerpo. En los pezones se entretuvo chupándolos y mordisqueándolos. Entre las atenciones de Javier, el hielo, y ahora el desconocido, estaban totalmente sensibilizados, hasta el punto de que cualquier roce me hacía estremecer. Cuando tocó el turno de la fresa de mi vagina, la sacó con la lengua frotando mi inflamado clítoris.
Fue descendiendo hasta los pies, a los que dio todo tipo de caricias, besos y lametones. La verdad es que quería ver su cara, su cuerpo... Cuando hubo terminado con todas las viandas, se incorporó de la cama, y cogió algo de la mesilla. Un leve zumbido llegó hasta mis oídos. Noté como el zumbido se acercaba hasta mí. Algo se posó en mi cuello, y fue descendiendo hasta el canal de mis pechos. ¡Era un vibrador! Tenía un tacto suave, y la vibración me producía unas leves cosquillas. Nunca había usado alguno hasta mi experiencia con Martín, aunque confieso que más de una vez, tentada estuve de comprarlo, para introducirlo en los juegos entre Chema y yo. Pero no me atreví nunca a sugerirlo por miedo a lo que podía pensar. El desconocido fue descendiendo el aparato por todo mi cuerpo. Lo pasó varias veces por mis muslos, hasta que poco a poco lo fue introduciendo en mi vagina.
Comenzó entonces un lento mete y saca, que acompañaba con lametones a mis pezones y a mi cuello. No tardó en venirme un brutal orgasmo, que gracias a la habilidad de mi amante, no me produjo ningún daño en la vagina con el consolador, pues no paré de moverme salvajemente, dando botes en la cama y diciendo todo tipo de frases soeces. Cuando terminé, mi amante saco el consolador pasándolo por mi boca para que lo lamiera, cosa que hice con verdadera pasión, no dejando de jadear y de mover mis caderas pidiendo más, no sé si en mi fuero interno incluso deseaba que me penetrasen los dos hombres a la vez.
Me soltó las cintas de las piernas, y se colocó encima de mí. La penetración fue suave. Además de los muchos jugos que manaban de mi interior, en ningún momento hubo ningún movimiento brusco que pudiera lastimarme. Se movía en círculos, haciendo que su pene rozase perfectamente las paredes de mi coño y el clítoris, totalmente sensible después de los orgasmos que habían sacudido mi cuerpo. En esta posición aprovechó para pasarme un dedo por el ano. Lo hizo de una forma que apenas lo sentí, a pesar de ser prácticamente virgen por ese orificio. Estuvo un buen rato meneándose en mi interior, hasta que salió y me cambió de postura, poniéndome a cuatro patas. Procedió a separarme las nalgas y a pasar la lengua por mi ano. Estuvo un buen rato hasta que consideró que ya estaba suficientemente dilatado. A pesar de mi excitación, no podía controlar mi temor a que me hiciera una buena avería. Cuando noté la punta de su pene a la entrada del orificio, me tensé un poco nerviosa. Él debió de percatarse, porque con una mano comenzó a masturbarme. Cuando noté el placer que le daba a mi clítoris, relajé mis glúteos, momento que aprovechó para iniciar una presión que llevaría a la punta de su pene a abrirse paso a través de mi ano. Sentí un gran dolor, pero algo hizo que me repusiera, y cuando noté que mi amante se detenía por mis quejidos, realicé un movimiento hacia atrás, metiendo todo el pene en mi culo. Le grité como una posesa que no se detuviera, que me abriese el ano de una vez, y que me echase toda su leche en el interior. Esto le animó, y no sólo aumentó el ritmo de los movimientos, sino también la fuerza del envite. Aunque les parezca mentira, tuve otro orgasmo, que me hizo perder el conocimiento durante unos segundos. Mi amante aumentó más sus movimientos, síntoma de que el orgasmo estaba cerca. Se salió de mí, produciendo un sonido como el de una botella al descorchar. Puso su pene en mi boca, que le recibió golosa, y tras unas pequeñas sacudidas, las primeras gotas de semen saltaron a mi cara, momento que mi amante aprovechó para quitarme el pañuelo de los ojos. Vi con asombro que se trataba de Javier. Ante mi sorpresa, procedió a besarme limpiando los restos del semen. Nos abrazamos y así nos quedamos hasta que nuestras respiraciones se normalizaron. Me confesó que siempre había sido él, y que había fingido que otro me poseía. Pasamos el resto de la tarde reponiendo fuerzas, y hablando de nosotros. Yo le dije que me había enamorado de él, y me respondió que debía seguir con mi aprendizaje, y que quizás la vida nos llevase a estar juntos, o quizás me deparaba alguna otra sorpresa.
Me explicó que todo lo que nos pasa en la vida tiene un sentido especial, único, y que muchas veces no sabemos leer la lección. Él había aparecido en un momento difícil para mí, pero mis palabras sobre mi marido, y las personas que había conocido ese verano, me daban la solución de lo que realmente yo quería hacer. Agaché la cabeza y le di las gracias.
Me acompañó por el estrecho sendero hasta donde estaban los vehículos aparcados. Cuando nos despedimos con un tierno beso, me dijo un hasta siempre.
Jamás podré olvidar esa tarde, ni a tan interesante hombre. Pero Javier tenía razón, debía seguir buscando mi identidad… mi sendero.