Porno Galerias Gratis Foro Contactos Gratis Videos Porno Fotos Porno Juegos Relatos Eroticos Porno Gratis Sexshop Webcam Porno
   






Edad &

Crea tu perfil y conoce gente cerca de ti

ZONA PRIVADA DE MACIZORRAS




 

Webcam Porno
Webcam Porno


2007-11-25 23:04:16
Me llamo Gonzalo y tengo 19 años. Soy alto, 1’90, peso 93 kilos. Tengo el pelo largo y liso, bien cuidado. Soy el baterista de un grupo de heavy metal, y aunque no está del todo bien decirlo, tengo buenas piernas y buenos brazos.

Me acosté con la hermana de un amigo...

Me llamo Gonzalo y tengo 19 años. Soy alto, 1’90, peso 93 kilos. Tengo el pelo largo y liso, bien cuidado. Soy el baterista de un grupo de heavy metal, y aunque no está del todo bien decirlo, tengo buenas piernas y buenos brazos.

Todo ocurrió en casa de Raúl, otro componente del grupo, después de un concierto.

Empezamos el concierto un viernes a las 9 de la noche en un garito de mala muerte, pero con bastante gente, todas del gremio. Cuando terminamos y empezamos a recoger los instrumentos, hacia las 11 de la noche, llegó María, la hermana de Raúl. Venía con sus padres pues eran ellos los que llevaban el material, luces, amplificadores y demás, de un lado al otro con la furgoneta.

Cuando tuvimos todo el material recogido, Raúl explicó que en su pueblo eran las fiestas mayores y nos propuso pasar y ver el ambiente. Yo tengo coche y no puse ninguna pega. De los otros 3, tan sólo vino 1, Daniel.

Daniel vivía a unas manzanas de mi casa y me ofrecí a llevarlo de vuelta a casa, por eso vino.

Llegamos al pueblo, y dejamos los coches donde pudimos, pues las calles estaban llenas de coches de los pueblos vecinos que venían a la feria, dimos una vuelta para ver el ambiente que había, y la verdad, no era malo.

Pasó el tiempo y el alcohol hizo estragos en la cabeza de Raúl y Daniel. Yo no bebí nada porque tenía que conducir y María, afortunadamente, no bebía alcohol. Los dos llevaban varias copas de más y decidí dar por terminada la fiesta y llevar a Daniel a su casa. María me pidió que no la dejara sola con su hermano porque no sabía si podría controlarlo, y yo, sabiendo el estado de esos dos personajes, la acompañé hasta su casa, con su hermano y Daniel a cuestas.

Eran cerca de las 5 de la madrugada cuando llegamos a casa de Raúl. Le ayudé a subir los 2 pisos que le separaban de su cama y cuando entramos Daniel se estaba mareando. María y yo lo sujetamos y lo llevamos como pudimos al sofá. Allí se tumbó y se durmió.

Madre mía, cómo están estos dos.- Dijo maría.

Deprimente...- Añadí.

¿Qué hacemos con éste?- Preguntó María señalando a Daniel.

Pues no sé, podemos dejarlo ahí hasta que se despierte, pero habrá que vigilarlo.

Yo no tengo sueño, y tú estarás cansado del concierto, vete a casa y ya me encargo yo.

Ni hablar, no puedo dejarte sola con estos dos borrachos. Me quedo contigo.

Pero...

Pero nada.

Marta me miró y se sentó en el otro sofá, encendió la tele y me ignoró durante unos segundos. Yo seguía de pie junto a la puerta, estudiando la escena, pero desperté cuando María me invitó a sentarme a su lado y es que ése era el único sitio disponible dada la posición de Daniel, ocupando el sofá de 3 plazas entero. Me senté y me preguntó si quería ver una película. Afirmé con la cabeza y ella se levantó a buscar los DVD’s. María iba diciendo títulos, sin parar, hasta que le dije el nombre de una, Crank era el título.

Apagó la luz y se sentó a mi lado. Se descalzó y se recostó en el sofá quedando sus pies orientados hacia mí. Parecía incómoda así que estiré la mano y rodeé sus hombros con el brazo. Se giró y acomodó su cabeza sobre mi brazo izquierdo.

Imagino que la película no llamaba su atención pues se estaba durmiendo.

Acuéstate y ya me quedo yo.- Me ofrecí caballerosamente.

No, da igual.

Pues duérmete aquí si quieres.

Sonrió y se recostó sobre mí. Yo tenía mucha confianza con ella así que no le di importancia.

Terminó la película y miré a María, que sorprendentemente seguía despierta.

Ha estado bien la película, ¿no?- Preguntó.

Sí, está bien, lo que pasa es que estoy muerto de sueño y del final no me he enterado mucho. Creo que me voy a ir a casa.- Dije bostezando.

No estás para conducir.

Ya, pero ¿qué hago?

... Puedes quedarte a dormir aquí.

No, no quiero molestar.

No molestas, además, tampoco se iba a notar uno más...

Gracias, pero...

Nada, ven.

Me cogió la mano y me arrastró hasta su cuarto.

Duerme en mi cama, ya duermo yo en el sofá.

Ni hablar, ya me voy yo al sofá.

No vas a dormir bien ahí, y estarás cansado.

No voy a dejar que duermas en el sofá.

Pues como no quieras que me acueste contigo...

Me miró sorprendida y al segundo sonrió.

No quería decir eso, quería decir que durmiéramos en mi cama, bueno...

Tranquila, ya te he entendido.

Se puso un pelín nerviosa. Ya estaba amaneciendo y los padres de María se despertaron porque tenían que trabajar. María cerró la puerta de su cuarto atrapándome en él, me tapó la boca con su mano y me susurró al oído que si sus padres se enteraban de que nos íbamos a acostar ahora, y además en la misma cama, la castigarían de por vida. Se separó de mí y se fue al armario de puntillas, para no hacer ruido. Abrió un cajón y sacó un pijama. A todo esto, yo seguía sentado en la cama, sin saber muy bien qué hacer.

¿Te importa? – Preguntó mientras me enseñaba el pijama.

¿Qué? – Pregunté dudoso.

Gírate, me voy a cambiar.

Ah, sí, perdona.

Me puse de pie y me volteé. Ella se cambiaba mientras yo miraba el reloj que había en una pared. Las 7:42 marcaba. Ella se acercó a mí y me dijo que ya podía mirar. Me giré y la vi con su pijama azul cielo. Se había soltado el pelo y le cubría el pequeño escote que el cuello del jersey del pijama dejaba ver. Se metió en la cama dejándola abierta para que entrara yo. Era una cama de matrimonio por lo que el espacio no era problema.

Verás... Es que yo no uso pijama.- Le expliqué.

Ah, pues... Tú verás, a mí no me molesta.

Debí sentirme incómodo por su respuesta pero supongo que el cansancio y la falta de sueño me hicieron dejar de lado la cordura. Me quité la camiseta y el pantalón vaquero. No tuve ningún tipo de pudor y me metí en la cama. Nos tapamos y ella se acercó a mí y me susurró.

Yo tampoco uso pijama, ya ves que lo he tenido que coger del armario.

Pues tú verás, a mí no me molesta – Le dije con ironía.

Salió de la cama pasando por encima de mí y se quitó el pijama, quedando en ropa interior.

¿No te da vergüenza estar así?- Pregunté por decir algo.

Un poco sí, pero es como ir a la playa. Además, tú y yo somos como hermanos, ¿cuánto hace que nos conocemos?

Muchos años ya, eras una niña.

Pues ya ves.

Se metió en la cama y de nuevo tuvo que saltar sobre mí. Nada más meterse de nuevo en la cama oímos la puerta de la calle, sus padres acababan de irse.

Bueno, vamos a dormir un rato. – Dijo ella mientras bajaba del todo la persiana, dejando la habitación totalmente a oscuras.

Buena idea.

Quedamos un rato en silencio, entonces se escuchó un beso. Me había dado un beso en la mejilla.

¿Y eso?

Yo no he sido- Dijo ella.

¿Cómo que no?

Pregunté mientras le hacía cosquillas. Con el juego, mi mano golpeó uno de sus pechos, y yo lo noté.

Perdón, no quería...

No pasa nada, si me quieres meter mano no tienes más que decirlo.

¿Qué?

Nada.

Y me dio otro beso. Le seguí el rollo hasta que surgió lo inevitable.

Se abrazó a mi cuello y me besó en la boca. Enseguida me abalancé sobre ella y a oscuras la besé desenfrenadamente mientras una de mis manos acariciaba sus piernas. Acaricié sus muslos llegando a rozar levemente la gomilla de sus braguitas blancas que minutos antes pude ver. Estábamos de lado y ella pasó su pierna izquierda por encima de mi cadera rodeando mi cuerpo.

No te vas a escapar hoy. – Decía con voz de niña.

Aunque pudiera escapar, no lo haría. – Dejé claras mis intenciones.

¿Y tampoco me dejarías escapar a mí?- Preguntó melosa.

Los dos sabemos que no quieres escapar.

Aquella conversación me pareció absurda, pero hasta que no dijimos aquello no supimos las intenciones de cada uno. Los dos deseábamos lo mismo. Al terminar mi última frase María se separó de mí y salió de la cama, encendió la luz y caminó de nuevo hacia su cama, donde yo permanecía recostado.

Mejor con la luz encendida. – Dijo ella sonriente.

Mejor, ¿qué? – Pregunté con tono de no saber nada.

Siéntate en la cama.

Me senté en la cama con los pies en el suelo mientras observaba cómo ella se despojaba de su sujetador a juego con sus braguitas, que seguían ocultando aquello que yo más deseaba. Se acercó y se sentó con sus piernas por fuera de las mías, de cara a mí, posando su caliente entrepierna a escasos centímetros de la mía. La excitación y la pasión eran obvias en los dos. Mi erección era notable bajo mi bóxer naranja, el que uso siempre en los conciertos. Ella tenía la respiración entrecortada y los ojos brillantes de deseo.

Ya sentada, me besó nuevamente mientras me acariciaba la espalda y la cara. La rodeé con mis brazos y acaricié su espalda con una mano y su trasero con la otra. A pesar de que la tela de sus braguitas evitaba el contacto pleno de mi mano con sus nalgas podía adivinar su tacto, blandito y redondo.

Seguíamos lengua con lengua cuando la mano que acariciaba su trasero se coló bajo sus braguitas. Al notar la suavidad de sus nalgas un arrebato de pasión azotó mi cuerpo, obligándome a apretar aquel cuerpo contra el mío. Ese movimiento hizo que por fin se conocieran ambas zonas genitales, aunque fuese a través de dos trabas como eran nuestras ropas íntimas.

Me decidí a despojarme de mi única prenda, por lo que tuve que separarme de María unos segundos. La tumbé en la cama sin separar nuestros labios y como pude me quité el calzoncillo. Ella permanecía debajo de mí. Con mi mano intenté quitarle el único obstáculo que quedaba pero no lo conseguí, María lo impedía.

Espera un momento. –

¿Dónde vas? – Pregunté al verla salir de la habitación casi desnuda.

Ahora vengo, no te preocupes.

Un minuto después regresó a la habitación.

 

¿Dónde has ido, y si te pillan? – Pregunté un poco alterado.

He ido precisamente a eso, a confirmar que no nos pillarán.

Cerró la puerta y caminó hacia mí. Cuando la tuve a menos de un metro se dio la vuelta y se agachó para quitarse sus braguitas, dejando su trasero a la vista de unos ojos que no perdían detalle. Un tatuaje del conejito de play boy muy pequeñito apareció en su nalga derecha.

No sabía que tenías un tatuaje – Comenté sorprendido.

Nadie lo sabe, me lo hice sin permiso ni nada. – Explicó susurrando.

Quien te lo hizo debió alucinar. – "piropeé" a la chica.

¿por qué lo dices? – Preguntó "inocentemente" mientras se giraba.

Porque tienes un culo precioso. – Aclaré.

Gracias. – Sólo supo decir eso.

Todavía sentado observaba su entrepierna. Tenía el pubis absolutamente libre de vello alguno, y los gruesos labios de su vagina estaban de un color rosado. Era una vista espléndida la que mis ojos me ofrecían. Me levanté y me acerqué a ella. Nuevamente la besé y recorrí cada centímetro de su trasero con mis manos mientras la empujaba hacia mí para frotar mi pene en erección máxima con su vulva caliente, suave y seguramente deliciosa.

Sus pequeños pezones rozaban mi pecho. El momento cumbre llegó cuando inserté un dedo en su minúsculo ano. Separé sus nalgas con mis manos y masturbé su esfínter con mi dedo índice. Tras unos segundos introduje el corazón y al minuto María se estaba masturbando levemente su vagina, para entonces empapada de fluidos vaginales.

La giré y la orienté hacia su cama, para que se recostara, y así lo hizo. De rodillas en el suelo se recostó boca abajo en la cama, quedando en una postura óptima para cualquier tipo de penetración. Tenía su vagina y su ano a mi libre disposición y dado que su ano ya estaba dilatado, opté por él.

Posé el extremo de mi pene sobre su ano después de retirar el prepucio hacia atrás. Mi glande notaba el calor de aquel ano, anhelante, ansioso y deseoso de ser penetrado. Agarré su cintura con mis manos, apretando su delicado y suave trasero contra mi pene, en estado de máxima erección, ansioso, excitado...

Un delgado hilo de saliva cayó desde mis labios hasta aterrizar cerca de la zona anal de la chica. Con un dedo acompañé la saliva hacia el ano, preparándolo para la inserción inminente de mi pene.

Fui introduciendo mi aparato en el interior de su trasero, ella gritaba en silencio, mordiéndose los labios y gimoteando monosílabos en señal de placer, o dolor; en cualquier caso, me excitaban.

Cuando hube introducido mi pene por completo empecé a mover mis caderas en movimiento contrario al de mis manos, manos que sujetaban a la chica por la cadera, creando un aro alrededor de su cuerpo, impidiendo la fuga de quien pronto me proporcionaría un delicioso orgasmo.

Mi pene resbalaba con cierta dificultad al principio pero con más soltura pasados pocos minutos. Trabajé las entrañas de la chica tanto como mi pene me permitía. María, recostada bocabajo sobre su cama, impedía que mis manos acariciasen sus pechos, pequeños aunque con forma. Decidí pues cambiar de postura y proceder con la penetración vaginal que ya echaba en falta. Me aparté de la chica y vi su dilatado ano, liberado por fin de mi pene. La dilatación era fácilmente perceptible, y es que un ano normal y corriente no presenta el grosor ni el enrojecimiento del que tenía delante de mí.

María se reincorporó y se puso de pie ante mí, frente a frente, y nos fundimos nuevamente en un beso, frotando mutuamente nuestros genitales en un grito desesperado por ser encontrados de una vez. Me despegué de ella y me tumbé en la cama boca arriba, masturbando mi pene mientras observaba cómo ella se acercaba lentamente hacia mí, con la mirada fija en mi entrepierna.

Subió a la cama y de rodillas comenzó a lamer mi pene. Mis pies jugueteaban entre sus muslos buscando el calor de su sexo, que segregaba fluidos en señal de gran excitación. Sus labios rozaban levemente mi pubis cuando María encerraba en su totalidad mi pene, desapareciendo por momentos, oculto en su cavidad bucal. Al mismo tiempo intentaba sorber como si de un refresco se tratara provocándome un placer mayor, parecía toda una experta. A punto yo de eyacular, la aparté de mí y me relajé unos segundos evitando el orgasmo. Observaba a la chica, desnuda, inocente, mi cabeza me decía que no debía hacerlo pero el corazón, y la cadera, me impulsaron a desvirgarla. Me puse de pie y ella se puso como en la penetración anal, de espaldas a mí, entregándome lo más sagrado que tenía, su virgen vagina. Se tumbó en la cama y me acerqué por detrás. Saboreé su trasero y finalmente procedí.

Me puse detrás de ella y comencé a meter lentamente mi pene. Primero el glande, y poco a poco el resto de mi falo. Ella gemía y movía su cuerpo para favorecer la penetración y evitar el dolor que produce el desgarro del himen. La sensación fue indescriptible, notar su vagina abrir paso a mi pene erecto, ardiente. Su vagina rugosa abrazaba con fuerza el tronco de mi sexo haciéndome saber que ésta no estaba aún cómoda con la presencia de aquel ser extraño. Esperé y noté sus palpitaciones, el pulso acelerado de su corazón entregado al placer era perceptible a través de su ya húmeda vagina. Comencé a mover mi cuerpo provocando un movimiento de vaivén de mi cintura, entrando y saliendo de la vagina de la chica que no se movía, tan sólo gemía.

Enseguida me cansé de esa postura y dejé de bombear, saqué mi pene del interior de María y me tumbé en la cama boca arriba. María se subió a la cama y se puso de rodillas encima mío. Con sus muslos sentados sobre los míos. Tenía su vagina a centímetros de mi pene. La miré y ella entendió el mensaje. Se puso a cuclillas y descendió lentamente hasta notar mi pene en su vulva. Agarró mi miembro con la mano derecha y lo encaró en su vagina para sentarse y volver a ser penetrada. Ahora ella llevaba el ritmo, y creedme, no era nada, pero nada lento. La chica saltaba literalmente sobre mi pene, con los ojos cerrados y una malvada sonrisa en los labios. Su mano derecha masturbaba su clítoris enérgicamente sin cesar de cabalgarme. Pronto tuvo un orgasmo, el único que tuvo esa vez.

Se levantó liberando mi pene de su cavidad vaginal y frotó su vulva por todos lados, conservando una postura de piernas abiertas y semiflexionadas. Un líquido blanquecino cayó sobre mi cuerpo, como si estuviera haciendo pis.

Su mano paró de masturbar su clítoris y sus ojos, sollozantes, me miraron. Estaba muy sudada, agotada, había tenido un orgasmo.

Me excité exageradamente y procedí a embestirla de nuevo para lograr lo que me había ganado, mi orgasmo.

Ella se colocó a cuatro patas sobre mí, su cara sobre la mía, notando su agitada respiración. Mi sexo buscaba el calor del suyo, mas no lo encontró hasta que una de sus manos guió mi pene a su orificio vaginal. Inicié un movimiento salvaje y enseguida eyaculé, no sin antes haber retirado mi miembro de su interior.

El esperma salpicó los muslos de María, que restregaba mis jugos por sus piernas, pasando sobre su vulva y hasta llevarse los dedos manchados de semen hasta la boca.

Se recostó sobre mí y me besó. Noté sus labios gelatinosos y recordé sus dedos llenos de semen entrando en su boca, relamiendo hasta la última gota, no le di importancia. Noté un sabor como salado, amargo en su beso, pero no quería dejar de besarla.

Mis manos recorrían su cuerpo sin dejar ni un centímetro sin acariciar. Continuamos así varios minutos.

Nos percatamos de la hora y decidimos despejarnos. Ella se fue a duchar y yo me aseé con una toalla que ella me había dado.

Mientras me vestía pensaba en lo ocurrido, no dejaba de pensar que no estaba bien y me hice un lío en la cabeza...

Ella salió del baño y entró a la habitación con su albornoz rosa.

Gonzalo, no le digas nada a mi hermano, me da cosa que sepa lo nuestro.. – me dijo ella, tímida.

Lo mismo digo, eres menor, podría ir a la cárcel. – Dije con tono gracioso.

Es verdad, ahora puedo chantajearte. – Dijo sonriendo pícaramente.

No hace falta que me chantajees para pedirme algo, lo sabes.

Así me gusta, que no opongas resistencia.

Dijo eso y se quitó el albornoz, se abalanzó sobre mi y me besó salvajemente.

Recuerda, ni una palabra a nadie o te castigaré. – Me dijo susurrando en la oreja.

Estoy deseando ser castigado, pequeña...

 

Efectivamente, se sorprendió y juró que me castigaría...

 

 

La verdad, no recuerdo un castigo tan placentero como el que recibí días después, pero eso es otra historia.

 

Esta historia es totalmente cierta, excepto los nombres, evidentemente, ellos no saben que les cuento estas intimidades...

Espero les haya gustado, a mí sí que me gustó, espero sus comentarios, por favor, sean sinceros.

Gracias

Autor: yepa


webcam porno

All logos and trademarks in this site are property of their respective owner.
The comments are property of their posters, all the rest Copyright 2004-07 by me.
Todos los derechos reservados - MaciZORRAS.CoM Copyright 2004-07. Porno Gratis