
Eran las ocho y media de la tarde de aquel caluroso día de finales de junio. Carlos estaba arriba en el despacho, sentado en el sillón verde que tantos años llevaba allí, frente a la mesa baja en donde había un montón de papeles y documentos esparcidos. Podía notar el fuerte olor de su propio cuerpo sudado, dentro de aquel mono azul que a su vez apestaba a grasa y a motor de coche. Tenía las manos limpias, pero siempre quedaban restos negros bajos sus cortas uñas, en aquellos robustos dedos. Se enjugó a la par el sudor de su frente y las lágrimas que recorrían sus mejillas, cuando oyó los pasos que subían por la escalerilla metálica hacia el despacho, que en realidad era una pequeña oficinita montada en lo alto de una plataforma y desde donde se veía todo el taller, que en esos momentos estaba ocupado por tres o cuatro coches.
—¿Carlos? —preguntó una joven voz de chico. Una cabeza asomó por el umbral de la puerta. Era Joel, uno de los chavales que ya llevaba varios meses con él trabajando. Su blanca piel de niño, a pesar de tener ya sus 25, y su largo pelo castaño recogido hacia atrás en una coleta, le daban un aspecto ciertamente juvenil, con aquel amplio mono azul bajo el que escondía un delgado cuerpo.
—Sí, dime, Joel —intentó recomponerse el jefe.
En ese momento se dio cuenta de que tras Joel subían los dos chicos que estaban estudiando el módulo de automoción y a los que había contratado para que hicieran prácticas ese verano y así le ayudaran mientras los veteranos de la empresa se largaban de vacaciones. Joel dio un paso hacia delante y entró en el despacho, y detrás aparecieron Lucas y Alejo, los becarios.
Lucas era un rubito con una pinta de pijo que no se aguantaba, de ahí que le sorprendiera a Carlos que quisiera trabajar en el taller. De piel blanquita, aquel chaval delgado de 17 añitos tenía el pelo un poco largo, con el flequillo cayéndole en diagonal sobre la frente y con aquel cordón muy apretado alrededor de su cuello que le daba de primeras un aire quizás afeminado, pero que luego desaparecía en cuanto tratabas con él. Por otro lado estaba Alejo, aquel matón de barrio que bufaba con su moto, con su cuerpo también muy delgado y fibroso, de piel muy morena y pelazo negro corto y de punta, que adornaba su sonrisa de chaval hijo de puta con un piercing en el lado izquierdo de su labio inferior y otro en la lengua. Así como sus manos con sendos sellos de oro.
—Era por lo de que querías vernos antes de irnos. No sé que nos querías comentar —habló Joel.
Era cierto. A Carlos se le había olvidado que quería reunirles para hablarles a cerca de cerrar el taller un par de días en julio. En ese instante se oyeron unos últimos pasos subir por las escaleras y apareció Miguel, otro chaval al que había contratado haría tres años, muy del estilo de Alejo pero mucho más formal, tímido y sensato. Miguel tenía 22 años y era, de los jovencitos del taller, en el que más confiaba.
—Ya estoy aquí —comentó éste último. Los demás permanecieron en silencio al descubrir los rastros de llanto que quedaban en el rostro sucio y húmedo de sudor de Carlos.
—¿Te pasa algo, Carlos? ¿Estás bien? —le preguntó Joel preocupado, yendo a sentarse junto a él en el sofá.
—No. Estoy bien, estoy bien —disimuló como pudo, revolviendo entre los papeles y empezando a recogerlos.
La verdad es que era impactante ver llorar a un tío tan rudo como Carlos. A sus 36 años se le notaba un hombre con un carácter bondadoso pero a la par serio. Siempre te echaba la charla cuando hacías algo mal, siendo una mezcla de padre, hermano mayor, jefe y colega. La verdad que entre los empleados del taller se hacía querer, pero también temer. Imponía bastante su rudeza.
Joel miró los documentos que recogía y extendió la mano para tomar uno, guardado dentro de una carpeta de plástico transparente. Eran los papeles del divorcio de Carlos. Comprendiendo lo que le ocurría a su jefe, le pasó la carpeta y le dio un reconfortante apretón en el hombro.
—Lo siento mucho, tío —declaró sincero y apenado Joel—. Nos comentó Agustín antes de irse de vacaciones que tú y Paloma…
—No es nada —intentó quitarle importancia Carlos—. Es un poco duro. Sólo eso —procuró mostrarse entero y fuerte, como si no le importara. Pero estaba claro que sus lágrimas le delataban—. En fin —se resignó con un suspiro—. Que la creía la mujer de mi vida y después uno se cansa y bueno, yo también estaba cansado… Es muy duro —meneó la cabeza entristecido—. Pero era lo mejor. Cada uno por su lado.
Los chavales permanecían callados, mirando a su destrozado jefe. La verdad es que divorciarse a los dos años de haberse casado tenía que ser un palo bastante grande. Y allí estaba aquel hombre grandón, con el mono azul desabrochado hasta el esternón, dejando al aire su peludo y voluminoso pecho, con aquellos inabarcables pectorales bien entrenados en el gimnasio, llorando como un crío.
—Venga, Carlos, tío —se acercó Miguel—. No llores, anda.
—No puedo evitarlo —habló el jefe con la voz entrecortada, entre sollozos—. Me duele tanto. Me siento tan mal por haberse ido todo a la mierda… Y ahora estoy sólo porque…
—Pero si no estás solo, tío —le dijo Joel—. Tienes a tu familia y a tus amigos, que eso es lo importante.
—Eso no me sirve, Joel —agitó la cabeza Carlos—. Yo necesito a alguien con quien compartir mi vida y a quien querer.
—Pues ya vendrá —habló Miguel con el ceño fruncido—. Es cuestión de tiempo —se encogió de hombros, sabiendo un poco más en profundidad a qué se refería Carlos con eso de quedarse sólo después de que todo se hubiese ido a la mierda. Miguel sabía algo. Sabía por dónde iban los tiros, pero tampoco podía poner la mano en el fuego.
Carlos sorbió los mocos hacia dentro y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Lucas, el rubio, dio un paso adelante, sacó un pañuelo del bolsillo y se lo tendió. El jefe lo cogió.
—Gracias —dijo Carlos.
—De nada.
El jefe se sonó con él para después respirar hondo.
—Ya está —finiquitó calmándose, dándole unos golpecitos a Joel en la rodilla—. Ya pasó.
—Que si necesitas algo nos lo digas, Carlos —le comentó éste—, que para eso estamos. —Los otros tres asintieron—. Aunque creas que somos todavía unos niñatos creo que sabríamos cómo animarte.
—No le hagas caso —dijo Miguel con una sonrisa burlona en la cara—, que seguro que el Joel piensa en animarte llevándote de putas.
Todos soltaron una carcajada que quitó tensión a la situación.
—¡Qué gilipollas! —le dio una pequeña patadita el chico de la coleta a Miguel—. Pues a lo mejor le venía bien que me lo llevara de putas —dijo Joel—. Y a vosotros tampoco os vendría mal, que seguro que no folláis nada.
—Prefiero no follar nada a pagar por follar —le vaciló Miguel, articulando cada palabra entre aquellos brillantes y carnosos labios que refulgían tras haberlos humedecido con su lengua.
—A ver —miró Joel al jefe—. Venga, Carlos, dinos si te vendría bien un polvete ahora con alguna brasileña así con buen cuerpo.
—Pues la verdad… —dio un hondo suspiro el treintañero— es que no estoy de humor, Joel —respondió este con un gesto afable y sincero.
—¡Venga ya! Siempre se está de humor para eso —le dio un codazo el chico—. Seguro que hace tiempo que no…
Carlos le miró y luego miró a Lucas y a Alejo, los dos becarios, que era como les llamaban de broma. El jefe esbozaba una sonrisa algo lacónica.
—La verdad es que hace mucho tiempo, sí. Meses… —respondió Carlos.
—¿Meses sin nada de sexo? —alucinó Miguel.
—Nada de nada. Ni un mal roce. Tan sólo mis pajas de vez en cuando… —admitió Carlos en confianza.
—¡Joder! —exclamó Miguel.
—Hey, pero esto que quede entre nosotros. Ni una palabra a nadie que tengo que guardar mi imagen de follador —indicó el jefe bromeando, olvidando un poco su drama sentimental.
—No hay problema —sonrieron Alejo y Lucas, todavía un poco cortados en la que era su primera semana trabajando en el taller.
—Pues entonces va tocando —concluyó Joel.
—No nos vamos a ir de putas —dijo Carlos con tono paciente y comprensivo.
—Pues entonces nos vamos a conocer a pivitas, aunque eso lleva más tiempo —sonrió Joel.
—Tampoco estoy de humor para eso —siguió objetando el treintañero.
—¡Joder, Carlos! Pues entonces vas a tener que seguir con tus pajas y ya.
—Bien —se encogió éste de hombros—. Tampoco importa.
—¡No! —meneó la cabeza un tozudo Joel—. Así nunca se te pasará el disgusto. Hay que hacer algo.
—¿El qué, Joel? —preguntó Carlos con más paciencia todavía.
—Pues no sé. Si hace falta te la chupo —soltó Joel sin pensarlo mucho.
Todos se rieron.
—¡Qué bruto eres, tronco! —exclamó Alejo divertido.
—¿Tú me la vas a chupar? —se reía Carlos—. ¡Venga, no jodas!
—Hey, que yo por un amigo lo que haga falta —bromeó Joel.
—Sí, pero chupársela… —dijo Miguel—. A ver si va a ser que tú lo que tienes son ganas de… —e hizo un gesto como si estuviera chupando una polla.
—¡Qué putos! —se indignó Joel—. Pues seguro que las mismas que tenéis vosotros, capullos —escupió—. Además, ya os gustaría que os la chupase.
—¡Este lo flipa! —soltó Miguel cada vez más chulo, a pesar de ser el más tranquilo de todos—. ¡Tú, maricón! —le dijo a Joel—. Con la mía no tienes ni para empezar a merendar, que lo sepas.
—¡Menos lobos! —intervino Carlos con gesto bromista—. A ver si ahora vas a ir, Miguel, de macho ibérico.
—Buah —se desquitó el chaval—. ¡No tenéis ni puta idea!
—Aquí si hay un macho ese soy yo —se señaló Carlos, en tono jocoso, abriéndose aún más el mono azul y mostrando la buena pelambrera que le cubría su musculado y sudoroso pecho como buena garantía de lo que afirmaba—. Y si Joel tiene que merendarse algo eso es mi rabo, que para algo se ha ofrecido a comérmela a mí, no a vosotros.
Se hizo un momento de silencio.
—Bueno, Carlos, tampoco es así… yo sólo… era una forma de hablar —titubeó un prudente Joel.
—Así que ahora te echas para tras, eh —rió Carlos, olvidando por completo sus lágrimas de hacía nada y menos—. Pues en esta vida hay que ser un hombre de palabra. Si dices que me la chupas, me la tienes que chupar, tío.
Los demás sonreían maliciosos, sabiendo que Carlos vacilaba y apretaba las tuercas del valiente pero poco espabilado Joel.
—¡Estás loco, Carlos! —dijo el chico del pelo largo.
—Sabía yo —participó Miguel—. Le faltan cojones —le pinchó éste también.
—¿Cojones? —se indignó Joel, haciéndose el machito.
—Pues no, no le van a faltar —se puso en pie Carlos—. Venga, a por ello como un campeón —se arrimó el jefe a Joel, que le miró estupefacto.
—¿Qué haces, Carlos, tío? —puso cara de circunstancia el chaval. Pero el treintañero se acercaba y le plantaba todo su paquete frente a la cara.
—Demuéstrales a estos que eres un hombre que cumple lo que dice.
—No… yo no… no voy a chupártela, macho. ¡Que estaba de coña! —dudó Joel, intimidado por al cercanía de Carlos.
Los demás borraron por un momento sus jocosas sonrisas y las cambiaron por una cara de ceñuda duda ante lo que estaba haciendo Carlos, tomándose aquellas confianzas que nunca hubieran imaginado ver en él. Aunque Miguel algo podía sospechar, por eso el corazón del chico empezó a bombear más rápidamente, nervioso.
—Venga, ahora no seas gilipollas. Si seguro que lo estás deseando, tío —soltó Carlos, amarrándose el paquete por encima del mono azul.
—¿Pero qué dices? —puso cara de susto Joel.
—Que sí, coño. ¡Vamos! —se tornó severo el gesto de Carlos, que tomó la mano de Joel y se la plantó en toda su entrepierna, obligándole a sobársela y a masajearla.
Joel le miro sorprendido, tocando aquel bulto que todavía no había cogido consistencia. Lucas y Alejo intercambiaron excitadas miradas y Miguel adornó su cara con una amplia sonrisa de satisfacción y cierta malicia. ¡Bingo! Justo lo que él imaginaba.
—Tío, Carlos, que no quiero… —continuaba Joel indeciso.
—¿Seguro que no quieres? —le interrogó el jefe en un susurro.
Joel se mantuvo en silencio y siguió acariciando un momento el paquetón de Carlos. Entonces el jefe llevó su dedo pulgar a los finos y rosados labios de Joel, se los separó y se humedeció la yema con la caliente saliva del chico, mojando después los labios de éste y obligándole a abrir un poco la boca. Al tener a Joel de esa guisa, Carlos, con sus grandes manazas, le tomó la cabeza de ambos lados y se la llevó a todo su paquete. Durante el camino le daba instrucciones a su joven empleado.
—Ahora, muérdeme todo el paquete con la boca —ordenó—, hasta que se hinche y se ponga duro.
Alejo soltó un ronco suspiro de flipación al oír aquellas palabras, Lucas se removió incómodo en el sitio en el que estaba de pie y Miguel arrastró la palma de su mano muy delicadamente sobre su polla.
Joel cerró los ojos conforme acercaba su cara al bulto que se escondía bajo el grueso mono, abrió la boca y al notar la tela contra su rostro entrecerró los dientes y apretó, capturando buena cantidad de aquel tejido azul mugriento así como carnaza.
Carlos giró la cabeza y miró a los otros tres chicos.
—Veis cómo Joel es un hombre de palabra.
Entonces le retiró de su paquete y el chaval de la coleta levantó la vista para mirar a su jefe. Estaba acalorado, tenía la cara roja.
—Ahora me las vas a chupar, ¿no? —le preguntó.
Joel tragó saliva e intentó recuperar su agitada respiración.
—No… no sé, Carlos. De verdad que yo… —Carlos, con toda su maquinaria de persuasión poco sutil, alcanzó la mano de Joel y sin más la metió dentro del mono azul, yendo a parar directamente a aquel gigantesco bulto caliente y sudado que quedaba bien prieto dentro de un fino slip. Joel lo apretó y supo que no estaba ni al 30% de su vigor—. ¡Joder! —abrió Joel los ojos como platos al notar tal cantidad de carne, describiéndose perfectamente unas bolas gordas y calientes en la palma de su mano, así como una especie de apéndice aprisionado en el calzoncillo y que caía hacia un lado con languidez palpitante.
—Ahora, ¿qué me dices? —insistió el jefe.
Pero Joel estaba estupefacto ante lo que tocaba, así que guardó silencio sin saber qué decir. Entonces una voz resolvió aquella decisión.
—Vamos, Joel, tronco. Cómete el rabo de Carlos que tampoco te va a pasar nada —sentenció Miguel como si hubiese hablado un juez.
Joel y Carlos le miraron y después se miraron entre sí. El chaval de la coleta tragó saliva y sin decir palabra asintió con la cabeza. Carlos sonrió y giró su cuello para hablar a los demás. Especialmente a Lucas y a Alejo, que curiosamente estaban muy pegados el uno al otro. Lucas, el rubio con cara de niño inocente delante, y Alejo, el gallito de barriada, pegado a su espalda, detrás.
—Esto queda entre nosotros, entendido —comentó. Todos asintieron—. Al que se le escape le parto las piernas. Os lo juro.
—No vamos a decir nada —respondió seguro Lucas, el rubito, muy atento a cómo se desarrollaba todo.
Carlos sonrió al notar un leve movimiento en Alejo, que flexionó levemente su rodillas y volvió a ponerse erguido, como si hubiese frotado su paquete contra el delgado y redondo culito que debía esconder bajo el mono de trabajo el pijo de Lucas.
Pero el jefe tenía otras cosas más importantes a las que prestar atención, así que se desabrochó del todo la cremallera del mono azul y comenzó a sacárselo de los hombros. Debajo no llevaba camiseta ni nada, así que apareció una amplia y musculosa espalda ante los ojos de los tres chavales. Se bajó la ropa hasta la cintura, por donde asomó la fina goma de un desgastado slip de finas rayas verticales grises y verdes. Los chicos pudieron admirar también su tremendo pecho, gigantesco y curtido en el gimnasio, con una cantidad de vello fabulosa que escalaba hasta sus hombros.
—Desabróchate tú también la parte de arriba —ordenó a Joel, que al momento hizo lo mismo que Carlos y mostró su blanco y delgado torso imberbe, con aquellos pequeños pezoncillos rosados. La verdad es que a sus 25 años Joel aparentaba unos cuantos años menos. El jefe estiró su mano y le pellizco las tetillas. Joel gimió un momento hasta que se las soltó.
—¿Me la vas a chupar entonces? —preguntó Carlos una vez más.
—Sí, joder —respondió el chaval de la coleta—. Lo que tú quieras.
—Entonces supongo que no te importará que haga esto…
Joel iba a preguntar el qué debería importarle pero, sin previo aviso, Carlos clavó sus rodillas sobre el sofá, a ambos lados de Joel, frente a frente, atrapándole, tomó al chico de la nuca y le clavó toda la lengua en aquella dulce boquita que se gastaba el muchachito de pelo largo y liso. Joel abrió mucho la boca para recibir aquel empellón y aquellos gruesos labios que se gastaba Carlos, morreándole con una pasión criminal, arañándole con su dura y masculina barba de varios días, gimiendo en aquel increíble intercambio de saliva.
—¡Seréis hijos de puta! —les insultó Miguel a sus espaldas, bastante alterado ante aquella imagen.
Como un loco no supo contenerse y se desabrochó la cremallera de su mono, dio unos pasos adelante y se plantó de pie junto a los otros dos. Carlos se separó de Joel respirando agitadamente, con toda la boca reluciente de saliva, chorreando algunos hilos por su barbilla, y levantó la vista para mirar a Miguel, que les observaba con cara enajenada. El jefe le sonrió y bajó sus ojos para ir a topar con el rabo medianamente largo y delgado de Miguel, que luchaba enhiesto contra la gravedad, liberado de la prisión de unos bóxers azul oscuro así como de la tela del mono de trabajo.
—¿Y a ti qué coño te pasa, Miguel? —le preguntó Carlos chulo y desafiante.
—Cómemela, cabrón —le soltó el chico en un susurro. Joel les miraba estupefacto y Carlos sonrió mostrando los dientes, levantó su mano y agarró con mucha fuerza el nabo de Miguel. Éste suspiró fuertemente al notar la manaza callosa del jefe rodeando su cimbel con aquella hostilidad, lo que le llevó a soltar su lengua para decir unas cuantas verdades que le quemaban dentro—. Yo sé porque tú y tu mujercita os habéis separado —escupió.
—Ah, ¿sí? —preguntó Carlos, estrujando con más ganas el nardo del chico, que empezaba a sentir dolor, pues apretó la mandíbula y gimió un poco. Pero se sobrepuso a aquella sensación de estrangulamiento que le ponía el nabo al borde de reventar.
—Sí. Es porque te gustaban las pollas incluso más que a ella —declaró el morenito de 22 años—. Os pillé a Agustín y a ti hará un mes follando en el almacén.
—¡Hijo de puta! —le insultó Carlos, sin soltarle la polla. Los demás alucinaron ante la noticia.
— Así que cómemela, Carlos —le pidió Miguel—. Cómemela que no te vas a arrepentir. Olvídate del puto de Agustín que ahora mismo estará con su novia en la playa, follándosela a todo meter y ni se acordará de ti ni de todo aquello que te decía mientras te follaba.
—¿Aquello que te decía? —preguntó un absorto Joel.
Pero Carlos se había quedado lívido ante la declaración de Miguel. Así que lo sabía todo. Dejó de apretar el nardo del chico y se quedó pensativo, sin saber muy bien cómo reaccionar, escuchando como éste respondía a la pregunta que le había hecho su compañero de la coleta.
—Sí. Le decía que le quería, que era lo que más deseaba en éste mundo. Follarte ese culo que Dios te ha dado. Verdad, ¿Carlos? Eso te decía ese cabrón de Agustín. —Carlos observó a Miguel contrariado y soltó su rabo, despertando de una especie de mal sueño—. Pero, eh —le llamó el morenito—. No, no. Ahora nada de pensar en eso, me oyes —le habló al jefe en un tono más pausado y calmado—. Luego hablaremos de lo que tu quieras, pero ahora vas a disfrutar, ¿entendido? Ahora te vas a meter mi polla en esa boquita de macho cabrón que tienes y la vas a disfrutar, eh—. Carlos tragó saliva y pareció recuperar la chispa que por un momento se había desvanecido—. Sí, así me gusta —acarició Miguel el pelo corto de Carlos—. Quiero verte gozar como lo hacías con Agustín.
—Está bien —aceptó el jefe convencido, corriendo un denso velo sobre sus sentimientos contrarios. Cerró los ojos, abrió su buena boca y sin más se zampó el pepino del chaval, haciéndolo desaparecer en su garganta casi hasta su base.
Miguel separó las piernas un poco y le tomó de la cabeza, soltando gemiditos y empujando la cadera atrás y adelante. Al instante Carlos se la sacó, giró su cuello y miró a los dos becarios. Alejo había comenzado a restregarse contra el culo de Lucas sin ningún miramiento, sacando su roja, pequeña y puntiaguda lengua para comerle el lóbulo de la oreja al rubito, que cerraba los ojos y suspiraba totalmente rendido al sobeteo que le daba el moreno, introduciendo su mano a través de la abierta cremallera del mono de su amigo y sobándole aquel pechito imberbe. ¡Vaya dos mamones los chavalines! Parecía que no fuese la primera vez que se ponían la mano uno encima del otro y es que, tanto uno como el otro, parecían dos piezas perfectas. Lucas, tan inocente y pasivo, y Alejo, el abigarrado niñato malote, con esas ansias de comerse el mundo. Por un momento, Lucas echó su cuello hacia atrás y entrelazó con lentitud, disfrutando del instante, su húmeda y brillante lengua a la de su colega de barriada, uniéndose sus labios en un disimulado e inocente beso que se continuó de unos cuantos más, breves e intensos, tras los cuales se separaron y se sonrieron con una complicidad electrizante. La duda estaba sembrada. ¿Era la primera vez que lo hacían o no?
—Eh, vosotros —les llamó Carlos— ¿A qué cojones esperáis? Venid aquí a darme vuestras pollas si no queréis que me levante y os reviente a ostias —dijo el jefe autoritario, sacando su vigoroso genio.