
–Supongo –dije– que una persona como usted tendrá muchas historias interesantes que contar.
Eso al menos era lo que yo esperaba. No podía dudar de lo que él pudiese ser. Las investigaciones que yo mismo hice lo largo del tiempo me habían llevado bastante lejos como para no dudar de sus afirmaciones.
–Muchas historias, supongo que sí, ¿interesantes?, no sabría afirmarlo.
– ¿Bromea? En serio, ¿Qué edad tiene?
–Vaya. Pues bastante. Nací en Veracruz, Méjico en 1636.
–Pues sí, fue hace mucho.
–No parece usted sorprendido. ¿No es la primera vez que conoce a un vampiro?
–Puede decirse que no.
En la realidad nunca antes había estado tan cerca de uno. Había contactado a éste a través de Internet, y si resultaba ser uno real, sería genial. Yo ya llevaba meses atascado frente a la página en blanco del ordenador. Estaba sin rumbo, sin dirección.
Como supondrán escribo relatos e historias encaminados con un perfil, digamos erótico, es decir, con un alto y explícito contenido sexual. Dado que es muy difícil crear, imaginar historias nuevas y además mantener un nivel constante de inspiración, decidí implementar un método que me facilitara las cosas. Publiqué una página en la red exponiendo mi interés en escuchar relatos raros y originales, los más extraños y extravagantes posibles, que versarán sobre asuntos eróticos–sexuales y que asimismo él o la protagonista estuviesen dispuestos a ser entrevistados. Al inicio dudé en que llegase a funcionar. Envié anuncios a foros, listas de correos, direcciones, enlaces. Colgué mis anuncios en donde pude. El resultado fue sorprendente. Es increíble la cantidad de individuos que desean narrar sus experiencias a otras personas dispuestas a escuchar. Ahora estaba entrevistando a mi primer colaborador a quien había contactado por Internet.
– ¿Entonces no duda de mí?
–Claro que no. ¿Desea proceder con su relato? ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Café?
–No, gracias. Iniciemos ¿Si?
–Claro.
Tomé el control remoto y apagué el aparato de sonido en el cual estaba sonando "Come out n’ play" de "The Offspring" conecté la grabadora digital que estaba sobre la mesa y luego ajuste el nivel de volumen. El ruido de la calle era amortiguado por el ventanal de cristal liso a lo largo de la pared, su material especial aislaba el sonido y su tamaño proporcionaba una entretenida vista de las calles iluminadas y del tránsito nocturno.
–De acuerdo Henry… perdón, ofrecí mantener su anonimato.
De hecho era lo único que ofrecía en mis anuncios para los que quisieran colaborar.
–No hay problema. Podemos usar identidades reales.
– ¿Seguro?
–De hecho preferiría que fuese de esa forma. Por favor publíquelo así.
–Perfecto. Que tal si empezamos por sus primeros años. Sus orígenes.
–En cuanto a mis raíces, mi madre era inglesa. Nació en la entonces colonia de Maryland. Huyó de ahí a los dieciséis años en un barco contrabandista holandés, se enamoró del primer oficial, un sujeto originario de Rotterdam. Por supuesto que el padre de mi madre, un acérrimo fanático religioso, jamás habría tolerado semejante unión.
–Una joven muchacha huyendo de una familia puritana.
–Católicos. Maryland fue la única de las colonias originales fundada para católicos romanos, aunque desde el inicio estuvo poblada en su mayoría por puritanos.
– ¿Cómo era ella?
–Mi madre era una mujer muy hermosa.
–Imaginó que debió serlo, dígame, el color de sus ojos, ¿los heredo de ella o de su padre?
–De mi madre.
Henry tenía unos ojos azul turquesa, color de mar despejado. No sospechaba de quien habría sacado el resto de su físico, pues su cabello era negrísimo y brillante. También su piel morena y sus facciones diferían un poco del estándar europeo. Obviamente era muy difícil que el sujeto de Rotterdam fuese su padre. Dudaba como formular la pregunta adecuada. ¿Podrían existir sensibilidades aún después de tantísimo tiempo?
– ¿Y… acerca de su padre?
Henry soltó un leve suspiro, pasó una mano sobre su largo y liso cabello negro.
–Él fue la causa de todo. Victoria, mi madre, y Antoni Van–no–se–que, el oficial, arribaron al puerto de Veracruz a bordo del barco contrabandista, que pese a la restricción impuesta traficaba entre los puertos coloniales de España y de las demás naciones. Era una actividad muy peligrosa y que iba contra las leyes españolas. Así que mi madre y su acompañante desembarcaron en Veracruz con el propósito de establecerse en tierra.
Henry se detuvo y luego dijo:
–En realidad desearía referir algo más actual. Apuesto a que defraudará a sus lectores escribiendo esto.
–A mí me parece muy interesante.
–Pero supongo que no es el tipo de historias que ellos esperan, de usted.
– ¿Por qué lo dice?
–Cuando nos contactamos por correo me habló acerca de relatos más llamativos. Yo debo de estar aburriéndolo.
–Pero un hombre como usted sin duda ha tenido cientos de aventuras amorosas de las que hablar.
–Pero sólo hay una de la cual desearía contar. Pasó hace muy poco tiempo.
Deseaba más escuchar una narración histórica, pensaba que sería mejor para mis fines, de manera que le dije que nuestras experiencias más recientes nos parecen de mayor importancia pero que con el actuar del tiempo no tardan en ser olvidadas.
– ¡No! –dijo, con una intensa y repentina excitación, que se disolvió fugazmente, para retornar a una calma que parecía habitual en él.
–Mi última experiencia es algo que se bien que jamás podré olvidar y cuya cicatriz me marcará por siempre.
– ¿Dejó entonces una impresión muy grande en usted? –Pregunté.
–Mucho.
–Ha de ser difícil sorprender a un hombre con tanto pasado.
–Mi pasado. ¿Es eso lo que más le interesa conocer escritor? Puede ser que tenga razón. Para comprender a un hombre uno tiene, a veces, que explorar su pasado. Le referiré una pequeña historia rápida para que pueda valorar mejor mi última relación.
Henry hizo una breve pausa, mientras yo encendía un cigarrillo, eso y el café son los únicos vicios que me perdonó, y continuó:
–Hay que remontarnos a ciudad de Panamá, estamos en el siglo XVII, a pocos meses de que mi homónimo Henry Morgan arrasé la ciudad. Estoy de invitado en una reunión social en la mansión de Don Pedro Herrera, un viejo capitán peninsular perteneciente a la más alta aristocracia panameña, son las diez de la noche y los hombres mantienen una animada tertulia acompañada de música, bebidas y tabaco. Las únicas damas presentes son viejas señoras de sociedad. Yo estoy sentado en un sofá en un extremo de la habitación; enfrascado en una aburrida charla con dos oficiales del ejército. No me ha pasado inadvertidos uno que otro coqueteo disimulado de alguna de las ilustres señoras, tal vez alguna sienta curiosidad por una aventura con un mestizo de piel morena; no importa. A través de mis feromonas vampíricas y mi poder de arrastrar el aura no serían presa digna. La puntería la había fijado casi desde el inicio en la hija menor del viejo capitán Herrera, ella se había retirado hacía unos minutos, pero durante la velada nuestras miradas se encontraron y aunque fue durante poco tiempo fue más que suficiente para que sus ojos me confesaran un ardiente deseo reprimido. Me levante de mi asiento disculpándome con la excusa de salir a respirar aire fresco. Era una noche tropical de verano y la alta temperatura del día apenas empezaba a descender. Salí al corredor que daba al patio central de la casa. Caminé hasta una fuente de mármol blanco, alisé mi casaca azul profundo, la cual junto a los calzas blancas que iban por dentro de mis botas de montar de cuero negro, me hacían ver, según decían, más como corsario que como caballero español; en realidad prefería, anticipándome a los tiempos que se avecinaban, vestirme a la moda francesa. Divisé desde el patio la ventana en el segundo piso que daba a las habitaciones de la joven doncella, no me fue difícil intuir donde estaba, podía percibirla con facilidad gracias a mis desarrollados sentidos. Avancé en silencio protegido por las sombras de la noche. La luz de una hermosa luna llena se filtraba entre las estatuas y árboles del patio creando fantasmagóricos claroscuros. El perfume de dalias, mirtos y claveles llenaba el aire de sugestivos efluvios. Llegué al pie de la ventana. Escalé la pared sin dificultad. Casi de un sólo salto llegué al umbral de la gran ventana. Forcé el seguro. Abrí una de las hojas y penetré en la habitación. Ya dentro volví a cerrar la ventana. Di media vuelta y luego me detuve en silencio. Es difícil describir la belleza de la recámara en la cual me hallaba. Paredes de madera color rosa suave talladas con intrincados frisos, y bajo el piso una suave alfombra escarlata con bordados de oro, creaban un ambiente acogedor. En una esquina una Venus de bronce sostenía un candelabro que iluminaba a media luz la estancia. Los muebles eran de fina madera con forro de terciopelo rojo construidos al estilo Luis XIV, tan de moda en aquella segunda mitad del siglo XVII. Y allí, como una diosa descendida de un olimpo caribe, estaba ella, de pie junto a una de las cuatro columnas doradas de la gran cama. Joya entre las joyas. Sus dulces y brillantes ojos almendrados opacaban al lujo que la rodeaba. Era una preciosa joven cuya belleza hacía palidecer y deslucir a la esmeralda o al diamante más fino. Su suave y suelto cabello castaño descendía libre y con gracia a ambos lados de su hermosísimo y fino rostro. Un batín rosado de seda insinuaba sus delicadas curvas, que se adivinaban suaves y tiernas al contacto. Estaba ante una ninfa joven y virgen, evocadora de poesías, de historias de amor, de flores rojas y perfumadas. En sus ojos deslumbrantes se leía la mirada propia de toda mujer cuando la inocencia y el temor libran la batalla contra el incipiente deseo, en el momento definitivo. Me acerque a ella despacio, con lentitud. Frente a frente nuestras miradas se encontraron. Escuchaba sin dificultad el latir de su corazón. Sentía el bajar y subir de su pecho que iba al ritmo de su respiración, profunda, acompasada, ansiosa pero lenta. Estábamos juntos, cerca pero sin tocarnos. Me incliné colocando mi rostro junto al suyo. Ella olía tan bien. Aspiré despacio su exquisito aroma natural, realzado apenas por una discreta esencia de pino y maderas silvestres. Las mujeres huelen diferente unas de otras. Cada mujer posee una fragancia propia. El aroma de ella era aroma de bosque tropical después de la lluvia, era aroma de brisa de mar despejado y efluvios ligeros de sal, era olor a guayaba verde aún sin madurar. La olfateé despacio, mis labios a escasos milímetros de su cuello. Su piel tersa se ruborizaba a la espera del ansiado contacto. Acerqué mi mano a su cintura. Mis dedos rozaron apenas la seda. ¿Cómo hay que tocar a una mujer? ¿Dónde y cuándo? Porque las mujeres son como instrumentos musicales, hay que tocarlas adecuadamente para que vibren con la nota perfecta, para que llenen el vacío con su melodía y lo inunden de ella. Mis manos rodearon por completo su cintura, y una a cada lado subieron ambas deslizándose hasta recoger sus pechos de adolescente, no obstante firmes y redondos. Ahora la joven vibraba, un ligero temblor le recorría el cuerpo entero. El miedo se apoderaba de ella. Tan inocente e inexperta, y a la vez tan llena de curiosidad y deseo. Con mis manos la despojé del batín, dejándola por completo desnuda. Que inimaginable deleite ofrecía su suave piel de jovencita. Sus tesoros se me revelaban al descubierto, sus blancos muslos, su sexo impúber y su húmeda vagina. Mi lengua y mis manos ansiaban recorrerla por completo. Ahora el latir de su corazón resonaba en mis oídos como un tambor desbocado. Su rostro era una expresión de pavor. Su cuerpo estaba tenso e inmóvil. En vano luchaba por gritar, por pedir auxilio, sus músculos, su cuerpo, la traicionaban. Estaba paralizada. La tomé de los hombros. La arrojé de espaldas sobre la gran cama. Me desvestí en un instante, sin apartar la vista de sus ojos negros y luminosos como azabache. "Tranquila, relájate," le susurré al oído. Me paré enfrente. Mi miembro cual espada en ristre apuntándole, anhelante, se dilataba hacía ella, deseoso de alcanzar su gruta maravillosa. Con total delicadeza cogí uno de sus tobillos, levanté su pie, pequeño y bellamente formado, llevándolo cerca de mi boca. Uno a uno lamí sus pequeños y rosáceos dedos. Luego la continué besando en dirección hacía sus piernas que mis labios recorrieron avanzando. Ah, como escribía el poeta: «Las piernas de la amada son fraternas/ cuando se abren buscando el infinito/ y apelan al futuro como un rito/ que las hace más dulces y mas tiernas». Agarrándola con cuidado le separé ambas piernas. La cara interna de uno de sus muslos estaba mojada con sus jugos vaginales, abundantes y tibios. Dirigí mi lengua hacia ellos, lamí los néctares exquisitos de su entrepierna, mientras una ligera convulsión contenida se apoderaba de la doncella. "Paciencia pequeña, vas a sentir mucho esta noche," dije con voz suave. Deslicé mi lengua sobre su vágina, pasándola una y otra vez sobre sus labios vaginales, e introduciéndola dentro de su abertura cada vez más y más húmeda. Agarré con cada mano sus senos, incipientes y erectos. Mi lengua iba de su vágina a su ano, hundiéndose alternativamente en uno y en otro. Disfrutaba lactando sus copiosos jugos. Ella profería apagados gemidos a través de una doble fila de dientes blanquísimos y apretados con dureza, que exhibía con salvaje ferocidad y lujuria. Hundía con fuerza las uñas de sus manos crispadas en las sabanas de seda. Mi lengua subió hacía su pubis, llegó a su ombligo, subió a sus pechos, a sus pezones, y a su cuello. Mis continuas caricias y lamidas prodigadas durante un lapso de tiempo incontable pudieron por fin relajarla. Su cuerpo se aflojó. Su respiración se volvió mucho más profunda y espaciada. Sus manos soltaron las sábanas. Sus rojizos labios se entreabrieron como capullos de clavel en una expresión de calma y gozo.
Tomé mi pene con una mano y comencé a frotar el glande contra sus labios vaginales. Estaban tan suaves. Yo la impregné con líquido preseminal y ella me mojó con sus líquidos deslizantes. A la vez masajeaba sus senos, prestando especial atención a sus tiernos pezones. Ella parecía tan inocente, tan casta, eso me excitaba mucho. Con mi otra mano busqué su clítoris y rocé la cabeza de mi pene contra él. La excitación de nosotros dos aumentaba. Decidí satisfacerla a ella primero. Reanudé los besos y lamidas a su entrepierna. Concentré mi lengua en su clítoris. La joven comenzó a respirar con agitación. Estaba al borde. El estallido llegaría en cualquier momento, y llegó. Gritaba y gemía presa de fuertes espasmos que convulsionaban todo su bello cuerpo. Yo bebí todos sus fluidos, limpiándola con delicadeza.
Cuando por fin paró cerró los ojos agotada. Yo tomé mi miembro y comencé a masajearlo. La contemplaba mientras me masturbaba. Verla ahí, tumbada en la cama, tan hermosa, sus senos bajando y subiendo con lentitud y profundidad.
Deseaba eyacular sobre ella. Derramar mi semen sobre su abdomen, sus pechos, su rostro. Me conforme con volcar mi chorro caliente sobre las sábanas. Decidí no manchar la piel de mi tierna jovencita.
Cuando hube terminado la arropé con una frazada limpia. Le di un beso en la mejilla. Decidí marcharme. Justo en ese momento escuche que descorrían el cerrojo de la puerta. Alguien entró.
–Está bien dormida la pequeñita –dijo una voz de mujer mayor.
–Ha de haber estado soñando, por eso los gritos. –susurró otra señora.
–Pero ahora duerme tranquila.
–Mira hay un clavel junto a su almohada. Que bonita se ve.
Escuche todo sin dificultad. Aunque estaba afuera, parado en alfeizar de la ventana entreabierta. Alguien se aproximaba al balcón. En menos de un segundo bajé al suelo de un salto. Caí agazapado caí sobre mis botas de montar. Y cuando la figura del balcón se asomó hacía afuera yo ya estaba oculto entre las sombras de unos espesos arbustos.
–El viento ha de haber abierto la ventana –alcancé a oír a la mujer– mejor aseguraré la ventana con el pasador.
Luego yo desaparecí en la oscuridad de la noche silenciosa, alejándome de la mansión. Vagando oculto entré las callejuelas solitarias de la ciudad.
¿Bien, que le ha parecido?
El cigarrillo se había consumido hacía muchísimo tiempo. La braza de la colilla me quemaba la boca.
–Supongo que es lo que deseaba escuchar, o por lo menos es algo similar a lo que usted esperaba.
–Eh…, claro
–Me alegro.
–Espere ¿Quiere decir que se fue sin haber…sin tener sexo con la chica?
–Le hice el amor. Y no, no la penetré, si es eso a lo que se refiere.
– ¿Tampoco la mordió?
–Por supuesto que no. ¡Quién cree que soy! Era una jovencita. Al despertar a la mañana siguiente creería que todo fue un sueño, un dulce sueño.
– ¡Rayos! –exclamé frotándome el rostro con las manos.
– ¿Está cansado? Podemos continuar mañana.
–Es temprano –dije viendo la hora– son apenas las diez. Créame me encantaría muchísimo escuchar otra historia suya.
–Ah no fue gran cosa. Lo dice por agradarme.
–En absoluto. Usted va a tener que relatar más. Pero primero permítame ir por una gran taza de café y un paquete de cigarros.
Iba a ser una larga noche.