
Nechu está a punto de toser adrede, carraspear con el disimulo falso
de la inocencia sorda. No es mala opción tirar de la cadena o levantar
la tabla; algo que ponga aviso y rompa con su cuadrado transformado involuntariamente
en su pequeño escondite. No hace nada de esto, al contrario, apoya los
pies, es decir, los tacos de los zapatos sobre el canto de la puerta y espera
que ninguna de ellas localice su presencia. La gelatina de los besos ligada
al salto ronroneado de vocales cambian por completo su estado de ánimo.
Ahora nace la intriga de cómo son, sus caras, sus cuerpos, sus ropas.
La palabra de una de ellas delata que no tiene más de treinta, la otra
sostiene un descanso natural en la voz, no parece mayor en edad pero sí en
experiencia. Unos labios finos y rectos inauguran en la imaginación
de Nechu la figura desconocida. Un maquillaje desapercibido estiliza los rasgos
cálidos de una cara vulgarmente bonita. No llega a crear su altura ni
sus manos, por un instante piensa en espiar pero no duda en continuar inmóvil.
Acaricia sus tetas grandes y firmes, la blusa libera dos botones y deja ver
su corpiño crema que cubre parte de una aureola sensiblemente rosada.
Se las mira como si no las conociera. Su mente es una madeja ciega que agudiza
el resto de los sentidos para descubrir la imagen tapada. Una boca licúa
el acorde a flujo bebido que trepa por el techo y queda prensado en uno de
los focos que da de lleno sobre su cabeza. Una mano aferrada al inodoro, la
otra corre la bombacha que parece un trapo de piso macerado por su jarabe vaginal.
La succión a helado de agua derretido que produce la concha de una en
la boca de la otra, se funde al sonido propio de los dedos que masturban el
clítoris calvo de Nechu.
Ahora acomoda la cola hacia delante, los pies siguen calzados en la puerta
mientras que el índice y el mayor juegan como tijeras sobre su antiguo
espiral; se pajea de arriba hacia abajo y estaciona en cada puente de calentura
para después acelerar la frotación en sentido contrario. Mete
dos dedos hasta los nudillos y deja el anular rozando el culo que se dilata
y se contrae junto a los gemidos que retumban en el baño. Entran y salen
y se los pasa por las tetas. Se las chupa. La bombacha la pellizca entorpeciendo
de a ratos el movimiento de sus dedos. Los vuelve a enjuagar en su concha y
se pinta de flujo nuevamente las tetas. Se las chupa. Agarra la cartera y la
mano gomosa le tiembla como si hubiese cargado una bolsa de cemento durante
horas; saca un clásico desodorante a bolilla y apurada en fiebre empuja
desalojando cada puerta de la concha, lo deja sellado y lo inclina mecánicamente
hacia un costado y hacia otro. Lo saca y lo chupa. Se lo pasa por toda la cara...
Por las tetas... Por el culo. Lo vuelve a chupar. Lo pega al clítoris
como si una pija la hiciera desear antes de penetrarla. Vuelve a introducirlo,
lo mueve en círculo rallando con la tapa lisa todas las paredes de su
concha. Lo hace suave... Despacio. Ahora más fuerte... Más rápido.
Más despacio. Más fuerte. Más rápido. Más
flujo. Más meo. Más fuerte. Más suave. Más fuerte.
Se mea. Se acaba. Más rápido. Más despacio. Más
fuerte. Se acaba. Se mea. Se frena... Uno... Dos... Tres... Cuatro segundos.
El cuerpo se sacude parejo como si el silencio obligado le flameará por
todos los músculos. El líquido ácido corre por sus piernas
que se desbordan en un chapoteo tibio; salpicando sus muslos, la tabla, el
piso, la puerta. Saca el desodorante de la concha y tirita a dos veinte sin
controlar la electricidad que deshecha su orgasmo. Las dos mujeres continúan
jugando de saliva sin saber que han donado el catálogo de una masturbación.
Nechu vuelve de a poco a tensar la piel, su marido espera por el vino sentado
en una mesa. No puede salir, tendrá que aguantar la salida al pie de
su charco. No es mala idea mojar los dedos y volver a empezar... Despacio...
Despacio.